lunes, 18 de abril de 2016

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Familia cristiana: alegría del amor

“La alegría del amor”, exhortación apostólica firmada por Francisco el 19 de marzo, es un documento importante del magisterio del Papa, cabeza del colegio episcopal. Recoge los frutos del proceso sinodal sobre la familia cristiana que ha durado más de dos años y lo enriquece con aportaciones en las que se percibe su carisma pastoral profundo, cercano y asequible.

            Sin embargo, no es sólo un final, sino también el principio de una etapa de fidelidad renovada, en lo que se refiere al mensaje cristiano sobre la familia y al proyecto de la familia cristiana. Como se ha dicho, el texto promueve una nueva sensibilidad y dinamismo, un nuevo camino para la pastoral familiar, un nuevo aliento y talante en la atención a las familias cristianas (leer la presentación del cardenal Schönborn).


El proyecto de la familia cristiana

            Francisco se refiere con frecuencia a este ideal de la familia cristiana. Ideal, no en el sentido de un estereotipo excesivamente abstracto, ni como algo utópico o inalcanzable, sino como parte importante del plan concreto que Dios ha trazado en su designio salvador para la humanidad. No por eso el ideal o el proyecto de la familia cristiana, dice el Papa, deja de ser exigente, como lo proponía Jesús, que al mismo tiempo “nunca perdía la cercanía compasiva con los frágiles, como la samaritana o la mujer adúltera”.

            El de la familia cristiana es un proyecto exigente porque tiene que ver con el amor y por tanto supone esfuerzo, sin dejar de estar invadido de alegría. Es un proyecto y una aventura fascinante, que implica no solo sacrificio y entrega sino también saber recibir de los otros. Y esto es fuente de alegría, de la alegría de saber amar y saberse amado. Un ideal que solamente la familia cristiana realiza de modo pleno.  
        
            En el día a día, cada familia tiene su camino y en cada momento está llamada a consolidarse y madurar su propio proyecto de familia, a crecer desde su situación real, casi siempre con pequeños pasos, con sus luces y también sus limitaciones. Dios bendice los esfuerzos de los matrimonios en ese camino y abre las puertas de modo que no hay situaciones irremediables.

            El Papa Francisco recoge abundantemente los frutos de los trabajos sinodales. Se inserta en la doctrina de la Iglesia y desea profundizar en ella, para dar respuestas actuales a partir del árbol de la fe, del Evangelio que en sí es siempre nuevo, con atención al lenguaje para que el mensaje cristiano pueda ser mejor comprendido y vivido en nuestro tiempo.  Hay una sustancia inmutable y unitaria de la fe cristiana, pero a la vez caben tradiciones y expresiones diversas en las cuestiones teológicas, litúrgicas y morales.


El contenido de la exhortación

            “A la luz de la Palabra de Dios” sobre la familia (capítulo primero), el documento mira a la “realidad y desafíos de las familias” (capítulo segundo), conjugando el realismo con el bello proyecto de Dios. Se refiere a las muchas historias de amor y de crisis familiares que siempre han existido, contextualizadas hoy por diversos factores socioculturales e ideológicos que condicionan la vida familiar. No faltan las “autocríticas” respecto al acompañamiento eclesial a las familias (a veces, poco adecuado por falta de cercanía y realismo), aunque la mayor parte de las personas cuentan con un buen seguimiento, muchos estiman la fuerza de la gracia en los sacramentos y testimonian la alegría de la familia cristiana.

            Vuelve luego nuevamente la mirada a la vida y a las enseñanzas de Jesús, para considerar la “vocación de la familia” (capítulo tercero) como un regalo de Dios, bello, grande y atractivo; un don que hace de la vida conyugal y familiar un camino de santidad y de salvación. El documento es especialmente sensible al cuidado de los niños y considera la adopción –regalar una familia a quien no la tiene– como un signo del amor de Dios.

            Por lo que se refiere a las uniones de hecho y a los matrimonios civiles, y también a las formas matrimoniales en otras tradiciones religiosas, no se equiparan al matrimonio cristiano. Al mismo tiempo, la exhortación habla de ciertos elementos de valor (“semillas del Verbo”) presentes en esas situaciones imperfectas, que pueden servir como base para caminar hacia la plenitud de la propuesta cristiana.

            La respuesta a la vocación matrimonial como don de Dios es “el amor en el matrimonio” (capítulo cuarto); un “amor que se vuelve fecundo”  (capítulo quinto) en los hijos. Mediante un bello comentario del himno a la caridad (cf. 1 Co 13) muestra las virtudes y actitudes que pueden y deben vivirse en los matrimonios y en las familias. Combina las expectativas con el realismo y cuenta con los cambios que trae el paso del tiempo, que en nuestros días se prolonga por una mayor expectativa vital, presentando así nuevos retos a la forja continuada del proyecto familiar. La alegría y los trabajos se entretejen asimismo en el cuidado de los hijos, que necesitan de un padre y una madre.

            A continuación el texto propone orientaciones para mejorar la atención a las familias, que nunca son solo destinatarias sino protagonistas de su proyecto, deteniéndose en “algunas perspectivas pastorales” (capítulo sexto): la formación de los sacerdotes en este ámbito, la preparación inmediata para el matrimonio en la etapa del noviazgo, y el acompañamiento a las familias en las sucesivas etapas y posibles dificultades. También para “fortalecer la educación de los hijos” (capítulo séptimo) en una cultura que no se lo pone fácil (aquí el Papa subraya la necesidad de la formación moral, de la educación sexual y de la transmisión de la fe).

            Para “acompañar, discernir e integrar la fragilidad” (capítulo octavo), esto es, las situaciones en que la unión conyugal es imperfecta o está deteriorada, Francisco pone de relieve la necesidad de dar pasos adelante, en la reflexión y en la vida de la Iglesia y de los cristianos.

            Siguiendo a Juan Pablo II observa que en los divorciados vueltos a casar hay situaciones muy distintas. Por ese motivo a la hora de participar en la vida eclesial y en los sacramentos, debe ofrecerse a todos la misericordia de Dios y a la vez tratar cuidadosamente cada caso. Para ello se pide considerar las enseñanzas de la Iglesia, las orientaciones del obispo en la Iglesia local, la escucha de las personas en el ámbito del fuero interno y la formación de la conciencia,  y ello tanto desde el punto de vista ético en general como también según el mensaje cristiano. 

           No solamente no se cambia la doctrina sino que tampoco se da ninguna nueva norma disciplinar. Se advierte que las situaciones particulares no pueden ser elevadas a la categoría de norma; y que tampoco se puede “ocultar la luz del ideal más pleno ni proponer menos que lo que Jesús ofrece al ser humano”. Así es, porque este proyecto es el que comporta la alegría cristiana, ensamblada con la cruz. Al mismo tiempo, pide la atención a los fundamentos y estructuración de la moralidad de los actos humanos.

            El documento concluye con un bello y breve capítulo sobre la “espiritualidad matrimonial y familiar” (capítulo noveno). Destaca que el matrimonio es un camino de santidad, en el que ocupan un lugar central la oración y la eucaristía dominical. (Ver un resumen más amplio en Aceprensa, 8-IV-16).


Misericordia con los heridos y "acogida agradecida"

            Hablando de los aspectos más delicados de la exhortación postsinodal, el cardenal Ricardo Blázquez ha subrayado el acercamiento, con respeto y misericordia, a las personas en sus heridas. No solamente Dios es misericordioso, sino que la Iglesia quiere ser también casa de misericordia e integración. Y esto –añade el presidente de la Conferencia Episcopal Española– requiere discernimiento; es decir, no simplemente aplicar una norma a un caso concreto, sino buscar, con la luz del Espíritu Santo, la voluntad de Dios en esta situación particular, teniendo en cuenta los factores que intervienen en la moralidad, y dando el relieve que merece a la conciencia moral personal. La conciencia debe ser, ciertamente, bien formada y fortalecida, pero no puede ser silenciada ni sustituida.

            Más allá de las opiniones y debates, y de los titulares más o menos acertados en los mass media, se espera de los cristianos, utilizando los términos de monseñor Mario Iceta, presidente de la subcomisión episcopal para la familia, una “acogida agradecida” a este documento: una actitud siempre dispuesta a la formación y a la conversión, una actitud reflexiva y constructiva, prudente y entusiasta, para acompañar a las familias cristianas a vivir y testimoniar la alegría del amor. 



(publicado por primera vez en www.religionconfidencial.com, 18-IV-2016)

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