viernes, 2 de octubre de 2015

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Teología para y desde la vida


M. Chagall, Exodus (1952-1966)
Museo Nacional Marc Chagall, Niza

¿Qué relación hay entre la teología y la vida cristiana? ¿Es una relación necesaria? Si se responde positivamente, ¿cómo asegurar esa conexión? Y también ¿qué importancia tiene esto para la educación y la formación de los cristianos?

En un videomensaje al Congreso Internacional de Teología organizado por la Pontificia Universidad Católica Argentina (Buenos Aires, 1-3/IX/2015), el Papa Francisco responde a estas y a otras cuestiones decisivas.

Para analizar el texto cabe distinguir cuatro puntos, en relación con la Tradición, el discernimiento, la atención concreta a las personas y las características del teólogo.


La Tradición, un "río vivo"

1. La Tradición eclesial es un río vivo. Ante todo la teología debe guardar la memoria de lo que Dios ha hecho con nosotros.
La Tradición, señalaba Benedicto XVI, “no es una transmisión de cosas o de palabras, una colección de cosas muertas, (sino) es el río vivo que se remonta a los orígenes, el río en el que los orígenes están siempre presentes" (Audiencia general, 26-IV-2006).

Este río –glosa Francisco– riega a su paso diversas tierras y culturas. Y de esta manera, el Evangelio se sigue encarnando en todos los rincones del mundo de manera siempre nueva. Por eso no se es cristiano de la misma manera en unos lugares que en otros, en unos tiempos que en otros. 


Discernimiento

2. La tarea teológica implica el discernimiento para señalar cómo la fe se hace vida en el aquí y ahora. Se trata de preguntarse: “¿Cómo ese río de los orígenes logra regar hoy estas tierras y hacerse visible y vivible?”

Mediante la reflexión y el discernimiento, la teología pone en diálogo la Tradición con la realidad. Por eso hay que superar la falsa oposición entre teología y pastoral, entre fe y vida.

Para esta tarea es fundamental la distinción enunciada por Juan XXIII en el discurso de apertura del Concilio: “Una cosa es la substancia de la antigua doctrina, del ‘depositum fidei’, y otra la manera de formular su expresión”. Es decir, con palabras de Francisco: “Debemos tomarnos el trabajo, el arduo trabajo de distinguir el mensaje de Vida de su forma de transmisión, de sus elementos culturales en los que en un tiempo fue codificado”.

La doctrina cristiana tiene su raíz en Jesucristo y, por tanto, tiene su fuerza creadora sanadora y resucitadora para hacerse vida en todos los tiempos y lugares. Por eso “custodiar la doctrina exige fidelidad a lo recibido y –a la vez– tener en cuenta al interlocutor, su destinatario, conocerlo y amarlo”.

En otros términos, el principio de encarnación (el hecho de que la Palabra de Dios se ha hecho carne para salvarnos) implica que la teología debe estar al servicio de la vida cristiana y al mismo tiempo alimentarse de ella. Esta referencia esencial a la vida es una dimensión esencial para toda teología. Y, cabe añadir, no es un obstáculo –antes al contrario– para que exista una disciplina teológica –la teología pastoral o teología de la misión de la Iglesia– que subraye e impulse esta dimensión. 


Atención a las personas y a sus necesidades

3. Atención a las personas y a sus necesidades. Con todo, no es esto lo nuevo, la “revolución” que habría traído el Concilio Vaticano II para la teología, puesto que desde el principio del cristianismo “nuestras formulaciones de fe han nacido en el diálogo, en el encuentro, en la confrontación, en el contacto con las diversas culturas, comunidades, naciones, situaciones que pedían una mayor reflexión de frente a lo no explicitado antes”.

Lo nuevo –quizá no totalmente nuevo– e incluso revolucionario en cierto sentido es la reacción del Concilio ante el hecho de que la teología pueda convertirse en ideología –en un sistema de meras ideas al servicio de intereses particulares–.

Esto sucedería si se descuidarse el encuentro y la atención a las personas, a sus conflictos, problemas y necesidades, pues la teología nace de la vida cristiana y eclesial.

Por eso –propone el Papa en la estela del Vaticano II– hoy debemos redescubrir el desafío, el estímulo y la responsabilidad que –en relación con la vida– comporta la tarea teológica.


Características del teólogo

4. Tres características del teólogo. Para concretar lo anterior, Francisco propone que el teólogo se distinga por tres cosas inseparablemente:

a) El teólogo es en primera instancia un hijo de su pueblo. Por eso no puede ni debe desentenderse de su gente, de sus raíces, historias y tradición, especialmente en relación a lo cristiano: “Se sabe ‘injertado’ en una conciencia eclesial y bucea en esas aguas” para servir a su tarea.

b) El teólogo es un creyente. Es decir, alguien que se ha encontrado con Cristo y ya no puede vivir sin identificarse con Él y con sus sentimientos.

c) El teólogo es un profeta. En el ambiente actual caracterizado por el secularismo –prescindir de Dios– y el individualismo, naufraga la identidad de las personas y de las sociedades y hay un peligro de alienación de la realidad respecto al pasado y al futuro.

Ante eso “el teólogo es el profeta, porque mantiene viva la conciencia de pasado y la invitación que viene del futuro. Es el hombre capaz de denunciar toda forma alienante porque intuye, reflexiona en el rio de la Tradición que ha recibido de la Iglesia, la esperanza a la que estamos llamados. Y desde esa mirada invita a despertar la conciencia adormecida. No es el hombre que se conforma, que se acostumbra. Por el contrario, es el hombre atento a todo aquello que puede dañar y destruir a los suyos”.

En consecuencia –deduce el Papa haciendo suya una expresión bien conocida– la teología debe hacerse de rodillas: “Una teología de rodillas es animarse a pensar rezando y rezar pensando. Entraña un juego, entre el pasado y el presente, entre el presente y el futuro. Entre el ya y el todavía no. Es una reciprocidad entre la Pascua y tantas vidas no realizadas que se preguntan: ¿dónde está Dios?”.

Y concluye. La teología requiere a la vez de santidad y de lucidez, de humildad y de valentía, de adoración a Dios y de solidaridad con "los gozos y las alegrías, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los afligidos" (Gaudium et spes, 1) ante la mirada de Dios que hace nuevas todas las cosas (Ap. 21, 5).

He aquí, en efecto, el papel de la teología y del teólogo, sintetizado en estos puntos:

– El Evangelio pide hacerse carne en las personas y en las culturas.

– El esfuerzo –hoy fundamental– por asegurar la identidad de los cristianos es inseparable del discernimiento teológico y eclesial, para comprender y respetar la diversidad legítima (en tiempos y lugares) de expresiones que caben en la fe, en el culto y en la vida moral.

– Esto requiere que el teólogo –y todo educador cristiano debe tener en cuenta la perspectiva teológica– esté atento a las personas y a sus necesidades;

– Y también que todo eso lo lleve a su oración, para vivir de oración y reflexionar y trabajar desde su oración.

Alguien podría decir: todo esto es hoy bien conocido. Quizás sí, pero lo importante no es solamente que sea conocido, sino que sea realizado, llevado a cabo en la práctica, vivido.

Precisamente de lo que se trata es de hacer realidad ese “comprender para vivir” y “comprender lo vivido”, un paso esencial para la teología y para su servicio a la vida cristiana y a la misión de la Iglesia, pues la teología es reflexión para y desde la fe vivida.

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