jueves, 16 de julio de 2015

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Ética ambiental: intereses, valores, estrategias

Para acompañar el estudio de la encíclica Laudato si’, puede ser útil evocar el origen y primeros desarrollos de la ética ambiental, junto con algunas propuestas que se han considerado radicales o contraculturales.


Los orígenes de la Ética ambiental

1. La ética ambiental se ocupa de las relaciones entre los seres humanos y el resto de la naturaleza, y de los valores y deberes que surgen de estas relaciones. Así por ejemplo se pregunta cómo armonizar los intereses de los agricultores o de las empresas con el valor del ambiente natural; se cuestiona si el valor de lo natural es meramente instrumental en relación con el bienestar de los seres humanos, o los elementos naturales tienen un valor por sí mismos, de modo que deben ser siempre protegidos.

Sin embargo, muchas éticas tradicionales se consideran antropocéntricas, bien sea en sentido fuerte –conceden valor en sí mismos solo a los seres humanos– o en sentido débil –en la práctica, el sufrimiento de los animales o la devastación del ambiente natural se justificaría en relación al bienestar humano–. Así se leen hoy respectivamente los planteamientos de Aristóteles y de Kant.

La ecología como ciencia nació en los años 70. Surgió en polémica con el antropocentrismo tradicional, y ello de dos modos: negando la superioridad de la especie humana; o buscando argumentos a favor del valor intrínseco de la naturaleza no humana.


Primeros desarrollos 

2. En los primeros desarrollos de la ética ambiental, al final de los años sesenta, la crisis ambiental –sobre todo en relación con pesticidas tipo DDT– se conecta con la llamada crisis de superpoblación general (P. Ehrlich, 1968), que más tarde se ha demostrado carente de fundamento (cf. C. Clark, El mito de la sobrepoblación, Caracas 1975).

En la misma época algún autor (L. White, 1967) acusa a las corrientes principales de la tradición judeo-cristiana de haber favorecido la explotación de la naturaleza, al fomentar la idea de la superioridad del hombre y su dominio sobre los demás seres vivos.

En esto influyeron sin duda algunas interpretaciones inadecuadas del libro del Génesis –que habla de cultivar y cuidar la tierra más que de someterla despóticamente–y también de los comentadores de Santo Tomás que separaban excesivamente un orden natural respecto al orden de lo sobrenatural o propiamente divino.

Aunque ese planteamiento reconoce algunas excepciones en la tradición judeocristiana –sobre todo, San Francisco de Asís– lo cierto es que tal acusación injusta ha seguido pesando. Hay que tener en cuenta que no se conocía entonces suficientemente la posición de los Padres de la Iglesia, cuando hablan de que la creación no humana tiene vestigios o huellas del Creador. Posteriormente (J. Passmore) se han reconocido más los elementos de la tradición judeocristiana sobre el cuidado y el servicio a la naturaleza, si bien se apunta la necesidad de cambios en las actitudes, en continuidad con las tradiciones (cf. Laudato si', nn. 216 ss., sobre la "conversión ecológica").


Necesidad de un cambio de valores y metas

3. Otros autores señalaron pronto que los medios para afrontar la crisis ambiental deben centrarse en un cambio básico de valores y metas, a nivel individual, nacional y mundial. Es sobre todo esta propuesta la que se considera principio fundante de la ecología como rama de la filosofía. Se desarrolló en diversas líneas, en Estados Unidos, Australia y Noruega.

Se señaló la necesidad de contemplación de la belleza natural, del respeto por la “comunidad biótica” y de una “ética de la tierra” (A. Leopold). También se defendió el valor propio del mundo sobre una base casi religiosa, como criatura de Dios (H. Rolston). (cf. Laudato sí' nn. 89 ss, sobre el conjunto de los seres creados como "familia universal", y todo el cap. VI sobre las dimensiones educativa y espiritual de la ecología).

Sin embargo, en la práctica estas ideas desembocaron en los años 70 y 80 en medidas políticas en favor del bienestar de las poblaciones humanas, y continuaron las críticas contra el antropocentrismo radical de Occidente.

Se llega (Ch. Stone, profesor de Derecho en el Sur de California, 1972) a proponer que los árboles y otros elementos naturales tengan al menos el mismo estatuto legal que las corporaciones humanas. Pero a esto se objetó que los árboles, como los animales, no tienen intereses propios.

Más adelante, en la Europa de los 80 surgen los partidos verdes, que pronto se dividen entre realistas –que desean cambios ambientales “prácticos” para mejorar el bienestar humano– y fundamentalistas –partidarios de cambios más radicales: nuevas prioridades contra el capitalismo y el individualismo, raíces de la devastación del ambiente, sin olvidar el colectivismo comunista.


Algunas teorías radicales y contraculturales

4. En los desarrollos posteriores de la ética ambiental y sus estrategias, han destacado algunas teorías que se consideran más o menos radicales o contraculturales:

a) así la Deep Ecology, liderada por el noruego A. Naess, busca la "equidad biosférica" (biospheric egalitarianism), sobre la base del valor intrínseco o propio de todos seres vivos (sobre todo para no causarles daños innecesarios) aparte de su utilidad para otros. Diversa es la postura de la Shallow Ecology, que lucha contra la polución y el daño ambiental para cuidar del bienestar de los humanos.

Al mismo tiempo, Naess rechaza una visión individualista del hombre como especie separada de la naturaleza, pues esto llevaría al egoísmo individual y de especie. En el mundo los seres son "nudos" de relaciones, y estas relaciones forman parte de la identidad de cada uno (sobre las repercusiones de todo ello para la calidad de la vida humana y sobre la "ecología de la vida cotidiana", vid Laudato sí', nn. 147ss.).

Sin embargo, y por extraño que parezca, la Deep Ecology fue criticada de fomentar, en la práctica, el antropocentrismo colonialista e imperialista sobre la naturaleza. Con el tiempo, no ha podido evitar cierta impresión de defender una visión utópica inconsistente.

b) Feminismo y ecología. Desde mediados de los años 70, autores feministas asociaron los esquemas vitales del patriarcado (machismo) no solo a la opresión de las mujeres (sexismo), sino también al racismo y al maltrato de los animales y de la naturaleza.

Para estos autores, la ideología patriarcal tiene estos elementos: androcentrismo y chauvinismo machista, dualismo (dicotomías que privilegian a los varones como racionales y relegan a las mujeres como emotivas), pensamiento jerárquico y "lógica de la dominación". A partir de estas ideas, algunos de ellos proponen superar categorías como masculinidad y racionalidad.

c) "Desencantamiento" de la naturaleza y nuevo animismo. Desde los años 60, especialmente autores Adorno han criticado el positivismo científico y tecnológico por haber "desencantado" la naturaleza, privándola de su carácter misterioso, y reduciéndola a un objeto de manipulación.

Esto ha conllevado la destrucción de nuestro asombro ante ella y la alteración de las relaciones entre los seres. La solución es sustituir la racionalidad instrumental por otra más humana, sensible a los valores estéticos y morales, a los valores de la libertad, espontaneidad y creatividad, para facilitar un cierto "reencantamiento" del mundo.

Posteriormente estas ideas han sido reforzadas por corrientes deconstruccionistas –queriendo, por ejemplo, abolir la noción misma de naturaleza–, por autores del psicoanálisis o por sociólogos radicales. Otros han querido ver en las propuestas de Adorno rasgos de antropoformismo y animismo.

Por otra parte las corrientes neoanimistas piden "reencantar la naturaleza", para que pueda ser respetada, amada y salvada. Una versión de esto es el panpsiquismo sinergista, que propone aprender a convivir en armonía y sinergia con los procesos ecológicos.

Otras corrientes acuden a la fenomenología de Merleau-Ponty para expresar esto en términos poéticos, diciendo que los seres humanos somos "carne común" con el mundo y en cierto sentido somos la conciencia del mundo.

(Para una presentación actual del mensaje cristiano sobre la relación entre los seres humanos y la naturaleza, cf. Laudato si', cap. II).

d) Ecología social y biorregionalismo. Según M. Bookchin –que escribe desde los 80–, Ecología social significa que la cultura debe estar al servicio de la naturaleza y no contra ella. En relación con esto, P. C. List y otros proponen el biorregionalismo como ecología vivida por las comunidades y culturas regionales y locales.

En resumen, hace falta no solo una renovación de los planteamientos más abarcantes, justos y realistas, sino también fomentar las actitudes convenientes, tanto respecto a los seres humanos como con la naturaleza. Se siente la necesidad de una ecología integral (cf. Laudato sí', cap. IV) que abarque una ecología humana y una ecología social, y que responda a todas, y no solo a algunas dimensiones –como proponen las teorías contraculturales expuestas en los párrafos anteriores– de la relación entre los hombres y los demás seres.

Una vía posible es redescubrir –completándola con perspectivas actuales y con los matices necesarios– la ética clásica de la virtud, desarrollada por los griegos. A medida que se estudia la encíclica de Francisco se comprueba que aporta luces concretas para esta tarea, a la vez que renueva el mensaje del Evangelio sobre el cuidado de la casa común.



Nota bibliográfica

Sobre los autores y aspectos aquí señalados y otros, es muy útil el artículo de Brennan, A., y Lo, Y-s, “Environmental Ethics”, en Stanford Encyclopedia of Philosophy, fall 2011. Vid también Cochrane, A., "Environmental Ethics", en Internet Encyclopedia of Philosophy, 2007. Para profundizar, cf. asimismo J. Ballesteros, Ecologismo personalista, Madrid 1995; F, Canet Torra, La dimensión moral de la cuestión ecológica; Pamplona 2014; E. Chuvieco, Cuidar la tierra, Madrid 2015.

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