jueves, 14 de noviembre de 2013

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La conciencia moral

La ética intenta orientar ante lo que se debe hacer, explicando la naturaleza de lo que llamamos “bien”, de los valores, de la justicia y de las consecuencias de los actos. Pero con frecuencia podemos escuchar algo así: en último término, lo que hay que hacer es seguir la conciencia.
            ¿Hasta qué punto es esto así? Conviene plantearse qué y cómo es la conciencia, y dónde se origina; qué valor tienen los sentimientos de culpabilidad y de arrepentimiento; y, finalmente, tres preguntas: ¿la conciencia siempre lleva la razón? ¿Hay que seguir siempre la conciencia? ¿Hay que respetar siempre la conciencia de los otros?. Es lo que hace Spaemann en el capítulo VI de sus “Cuestiones fundamentales de Ética”.


1. Qué y cómo es la conciencia

            Nuestro lenguaje sobre la conciencia es muy variado. Hablamos de personas “concienzudas” en el sentido de cumplidoras; pero también apelamos a la conciencia cuando alguien no cumple su deber. También llamamos conciencia a algo sagrado e incondicional que hay en cada uno; pero algunas veces los tribunales condenan a personas que han actuado siguiendo su conciencia. Para unos, la conciencia es la voz de Dios, para otros es producto de la educación.

            a) A diferencia de los animales, las personas sabemos la razón por la que actuamos. Hablamos de conciencia porque somos libres de actuar y nos preguntamos sobre nuestra correspondiente responsabilidad. Tener conciencia significa la capacidad de ser independientes de nuestros momentáneos y objetivos intereses, y tener presente la jerarquía objetiva de valores relevantes para nuestros actos. Por la conciencia somos capaces de darnos cuenta de que, en palabras del filósofo alemán, “la jerarquía objetiva de los bienes y la exigencia de tenerlos en cuenta vale como nuestra propia voluntad” (p. 93). Porque tenemos conciencia sabemos que lo bueno no es ni lo que simplemente se nos impone desde fuera ni lo que simplemente nos apetece.

            (Si invito a mis amigos a una fiesta y cuando están dormidos, les robo, porque no tenía dinero para acabar el mes, soy capaz de darme cuenta de que eso está mal). Nos damos cuenta de que un acto malo daña ante todo al que lo comete; por eso a veces se dice que tenemos “mala conciencia”, no el sentido de que sea malo tenerla, sino porque me avisa de haber hecho el mal (es como la lucecita roja en el salpicadero del coche: me avisa de que algo va mal); es lo que llamamos normalmente remordimiento o arrepentimiento.

            Porque tenemos conciencia, dice Spaemann, podemos hablar de dignidad humana. Por tanto no hay nada que tenga sentido, que sea bueno y justo si no aparece como tal en la conciencia.

            b) En la conciencia hay como un doble movimiento del espíritu humano: un primer movimiento que nos permite salir de nosotros mismos, relativizando nuestros propios intereses para preguntarnos por lo bueno. Para garantizar que no nos equivocamos en esto, debemos contrastarlo con la razón y también con los demás. Si alguien dice que no necesita de eso para saber lo que es bueno o malo, su conciencia no se diferencia mucho del capricho particular o de su idiosincrasia (modo de ser). Por eso, sin la disposición a la formación e información de la conciencia (pensemos en un médico que se niega a estudiar o dialogar con otros), no podríamos decir que esa persona tiene conciencia.

            Un segundo movimiento que nos vuelve a nosotros mismos, porque no basta con considerar las razones o las opiniones en general; sino que es cada persona quien debe responder, primero ante su conciencia, para poder actuar con convicción. Pues bien a esa convicción con la que termina este proceso le llamamos conciencia.

            Dos matices. La conciencia no siempre posee la certeza o la seguridad de hacer objetiva y absolutamente lo mejor (por eso se distingue entre conciencia “cierta” y conciencia “dudosa”). Por otra parte no puede exigirse una “certeza absoluta”, pues con frecuencia el político, el médico, o el padre y la madre no están en condiciones de asegurar absolutamente que sus convicciones son las mejores; para poder hablar de una conciencia cierta, basta saber cuál es la mejor solución posible en este momento, aquí y ahora; pues ya vimos que para justificar una acción no se requiere, ni es posible, tener en cuenta todas sus consecuencias.


2. Origen de la conciencia

            La conciencia es como una brújula interior. ¿Pero cómo ha entrado en nosotros y quién la ha programado?

            a) Algunos responderán: nuestros padres, pues la conciencia es un producto de la educación recibida.

            b) En línea parecida piensa Freud, que identifica la conciencia con  el “super yo”, puro producto de la educación, especie una imagen de nuestro padre o “padre interior” (luego los neomarxistas aplicarían lo mismo a las sociedades dominadas por ciertas normas): el “yo” se forma solo bajo la dirección del “super-yo” (=conciencia), y así puede liberarse del “ello” (=los instintos); aunque también debe emanciparse del dominio del “super-yo”.

            Pero identificar la conciencia con el super-yo es un error, dice Spaemann, porque siempre ha habido quienes se vuelven contra las normas dominantes. La conciencia no puede ser ni el super-yo, ni tampoco el movimiento de emancipación del yo, sencillamente porque la conciencia es manifestación de la libertad, libre en el sentido de no determinada necesariamente. 

            Muchos como Tomás Moro hubieran preferido no rebelarse contra lo establecido (como puede verse en la película “Un hombre para la eternidad”, A Man for all Seasons, F. Zinnemann, 1966). De ellos escribe Spaeman: “No les guiaba ni la necesidad de acomodación ni la de rechazo sino el pacífico convencimiento de que hay cosas que no se pueden hacer” (pp. 97s).

            c) Una tercera posibilidad es que la conciencia sea algo así como un instinto innato; pero entonces la conciencia no sería libre, como lo es. Por eso quien obedece a su conciencia y no a sus instintos, decían los griegos, es “amigo de sí mismo”.

            Lo cierto es que la conciencia ni es algo que viene totalmente de fuera ni algo que tenemos interiormente de modo que no necesitamos de nadie para que funcione.

            Algo parecido es el lenguaje. No puede considerarse como algo que simplemente nos viene de fuera y luego lo vamos aprendiendo (una “heterodeterminación interiorizada”); tampoco es un sexto sentido instintivo por el que hablamos o pensamos esencialmente (una “autodeterminación total”); sino que necesitamos de la ayuda de otros para llegar a ser lo que propiamente somos.

            Lo mismo, sostiene Spaemann, sucede con la conciencia. Es como una semilla, como un “órgano del bien y del mal”, que se observa ya en los niños; pero que se puede atrofiar si no ven los valores morales encarnados en sus padres o educadores (si descubren que les mienten o si, por miedo, los niños aprenden a mentir para librarse de las amenazas de los mayores). De aquí la importancia del buen ejemplo y coherencia de los educadores (así, en la educación de la sexualidad, se muestran especialmente significativos los “inputs” que los niños reciben del padre y los que las niñas reciben de la madre); pues, cada vez más, escuchamos más a los “testigos” (el que vive auténticamente lo que enseña) que a los maestros.


3. Culpabilidad y arrepentimiento

            Culpabilidad y arrepentimiento son sentimientos  propios de una conciencia delicada y sensible. Esto no tiene que ver con la “conciencia escrupulosa”, que en lugar de contemplar lo bueno y recto, tiende a analizarse con angustia. Por eso debe distinguirse entre sentimiento de culpabilidad moral (el remordimiento o arrepentimiento es sano y conveniente, cuando uno se da cuenta de que ha hecho algo malo), correspondiente a una conciencia sensible, y otra cosa muy distinta: la “culpabilidad morbosa” de quien no tiene realmente culpa porque no ha hecho nada malo (manifiesta una conciencia escrupulosa).

            Así como el dolor es un mecanismo de defensa que nos avisa de una enfermedad orgánica, la conciencia de culpabilidad nos informa de que hemos hecho algo mal. El no poder sentir dolor es en sí mismo una enfermedad y un peligro para la vida, y así también es algo enfermizo, al menos moralmente, no sentir culpabilidad o arrepentimiento ante el mal causado (esto corresponde a lo que suele llamarse una “conciencia laxa”). Al contrario, sentir dolor sin una causa orgánica indica ya una enfermedad; como también, según hemos visto, es enfermizo sentir una culpabilidad (en este caso morbosa) por un mal que no se ha cometido, como sucede en una “conciencia escrupulosa”.

            En suma, el arrepentimiento es una actitud esperable del que siente “dolor” ético por haber actuado mal, y por eso siente una cierta tristeza. No confiaríamos en alguien que después de haber atormentado a muchas personas, se riera o al menos se mantuviera inconmovible sin experimentar ninguna “mala conciencia”, ningún remordimiento ni tristeza.


4. Tres preguntas ante la conciencia

            a) ¿La conciencia siempre lleva la razón? Como es experiencia de la humanidad, la conciencia no siempre tiene razón; lo mismo que sucede con nuestros sentidos y también con nuestra razón, que a veces se equivocan.

            La conciencia es el órgano del bien y del mal, pero no es un oráculo infalible. Es como una brújula que nos marca la dirección para salir de nuestro egoísmo y mirar lo universal, pero puede estar estropeada. Podría compararse también a una ventana; nos deja ver la realidad pero para eso el cristal debe estar limpio o estar abierta. La conciencia necesita la referencia al conocimiento, y concretamente al conocimiento ético, en palabras de Spaemann, la conciencia “necesita una idea recta de la jerarquía de valores que no esté deformada por la ideología” (p. 101). En términos sencillos, la conciencia necesita estar bien formada, mediante la reflexión y el estudio, el diálogo con los demás, etc. De otra manera nos llevará a actuar mal; y no porque hayamos seguido la conciencia, sino porque nuestra conciencia no es una conciencia verdadera, es decir calibrada, abierta y limpia, que permite percibir la realidad, sino una conciencia errónea.

            Aquí cabe aludir a los efectos que un clima social de ridiculización de la moral o de las convicciones religiosas pueden producir en muchas personas, en el sentido de dificultar la formación de la conciencia a base de obstaculizar una crítica objetiva y un diálogo verdadero.

            También sería interesante profundizar en los posibles efectos manipuladores del ambiente, de los medios de comunicación o de la presión social en un momento determinado. Esto puede crear todo un ambiente que afecte a la salud de la conciencia, hasta el punto de producir en determinados grupos sociales, en países enteros o incluso en una civilización lo que podríamos llamar “estructuras de ceguera moral” (para la discusión sobre este tema, puede verse la película "Hannah Arendt" (M. von Trotta, 2012. Ver sinopsis y trailer).

            b) De todos modos, ¿hay que seguir siempre la conciencia? Según lo anterior, y la experiencia de todos, mucha gente siguiendo su conciencia ha ocasionado graves injusticias. ¿También estos deben seguir su conciencia? Pues sí, hay que seguir siempre la conciencia. Quizá por esto la tradición ética habla del “santuario de la conciencia”, que a nadie le es lícito profanar.

            Así el que mata a un enfermo para que no tenga dolor, se equivoca; pero no se equivoca por el hecho de seguir su conciencia, sino porque tenía una conciencia errónea, al no ser capaz de conseguir el bien objetivo (quitar el dolor) mediante un medio o bien subjetivo (aliviarlo sin traspasar los límites de la dignidad humana, que prohíbe matar). Esto no quiere decir que cualquiera que hace el mal invocando su conciencia pueda ser eximido de culpabilidad; pues toda persona debe seguir su conciencia y también debe formar su conciencia.

            Pero entonces, ¿cómo distinguir la conciencia verdadera de la conciencia errónea? No hay seguridad en esto; si fuera fácil, nadie se equivocaría. Un buen indicador de que uno sigue su conciencia y no su capricho es consultar a otros: es la disposición a “confrontar el propio juicio sopesándolo con el de los demás. Puede suceder que ellos estén convencidos intelectualmente de algo que a uno no acaba de convencerle, pues le da la sensación de que no tienen razón, sin que uno sea capaz de mostrarlo. En un caso así, cerrarse a esas razones puede ser un acto de conciencia.

            c) Y del mismo modo, ¿hay que respetar siempre la conciencia de los otros? La respuesta a esto depende de lo que entendamos por “respetar”.

            - Si por respetar se entiende “invadir” o “forzar” la conciencia de otro obligándole a actuar contra su conciencia, esto no puede hacerse.

            - Si por respetar la conciencia se entiende que siempre hay que permitirle hacer lo que le dice su conciencia (pensemos en un terrorista convencido de que con sus actos hace el bien), entonces hay que decir que no, pues esto equivaldría a permitir también que el que no tiene conciencia pueda hacerlo todo. Cierto que ante sí mismo tiene el deber de seguir su conciencia; pero la sociedad o el Estado tienen el derecho de impedírselo.

            En relación con esto es clarificador este principio que enuncia Spaeman: Pertenece a los derechos del hombre el que no dependan del juicio de conciencia de otro hombre (p. 103).

            Y pone dos ejemplos. (1) Piensa que se puede discutir si los no nacidos son dignos de defensa, pero sería demencial defender que esto es una cuestión que cada uno debe resolver según su conciencia; pues, si no tienen derecho a la vida la conciencia no tiene que molestarse, o tienen derecho a la vida, y entonces esto no puede depender de la conciencia de otros.
            (2) Tampoco el deber de pagar impuestos puede depender de la conciencia, aunque esto lleve a que el que invoque su conciencia para no pagarlos, sufra por ello una pena.
            Hay una excepción a esto, excepción que depende de lo dicho más arriba (que nadie puede obligar a actuar contra la conciencia): nadie puede ser forzado a tomar las armas en contra de su conciencia, pues ni siquiera la amenaza de muerte obliga a uno a actuar contra su conciencia; esto constituye una lesión de la dignidad del hombre.
            ¿Cómo asegurar que se trata de un caso de conciencia? Para esto hay un indicio: si el encausado está dispuesto a ir a la cárcel o sufrir por ello.
            Hablando del santuario de la conciencia escribió Séneca: “Existe en nosotros un espíritu santo como espectador de nuestras buenas y malas acciones”.

                             *     *    *


Preguntas de autoevaluación
(Verdadero/Falso)


1. Tener conciencia significa la capacidad de ser independientes de nuestros momentáneos y objetivos intereses, y tener presente la jerarquía objetiva de valores relevantes para nuestros actos.

2. En la conciencia sucede que la jerarquía objetiva de los bienes y la exigencia de tenerlos en cuenta, vale como nuestra propia voluntad

3. Cada uno debe seguir su conciencia, sin necesidad de atenerse al diálogo con los demás, a las costumbres o a las razones.

4. La conciencia no siempre posee la certeza de hacer objetivamente lo mejor.

5. Para tener una conciencia cierta, no basta haber llegado a la conclusión sobre cuál es la mejor solución posible en ese momento.

6. Para Freud la conciencia es un puro producto de la educación

7. La conciencia delicada y sensible es la que tiene una persona escrupulosa

8. El sentido (o sentimiento) de culpabilidad es algo malo

9. Puesto que la conciencia no lleva siempre razón, no hay que seguirla siempre


10. Pertenece a los derechos del hombre el que no dependan del juicio de conciencia de otro hombre.

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