lunes, 30 de abril de 2012

Todos llamados, todos responsables

"Señor, úneme al árbol al que pertenezco" 
(A. de Saint-Éxupéry)

Toda llamada espera una respuesta. En el vocabulario cristiano tradicional se ha empleado la palabra “vocación” para referirse particularmente a la vida sacerdotal y a la vida religiosa (hoy denominada más ampliamente vida consagrada). Pero, como el Concilio Vaticano II quiso declarar en su constitución Lumen gentium, en la Iglesia, “todos, lo mismo quienes pertenecen a la Jerarquía que los apacentados por ella, están llamados a la santidad” (n. 39); dicho de otra manera, “todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (n. 40).

     Esta es la común vocación cristiana. Todos los cristianos están llamados por Dios para manifestar su amor en el mundo, según las condiciones de vida de cada uno. La palabra “Iglesia” significa precisamente vocación, llamada conjunta de muchos. Y “cristiano” es nombre de vocación: llamado a participar de la vida y la misión de Cristo.


La existencia humana es una llamada


      Pero aún hay más. Todas las personas, y no sólo los cristianos, están llamadas por Dios a encontrarse con Él, a descubrir su amor, dejarse transformar por él y llevarlo a los demás. La existencia humana es siempre una llamada del Amor al amor.

     En su mensaje para la 49 Jornada mundial de oración por las vocaciones (29-IV-2012), escribe Benedicto XVI: “Toda criatura, en particular toda persona humana, es fruto de un pensamiento y de un acto de amor de Dios, amor inmenso, fiel, eterno (cf. Jr 31, 3)”.

      Ya en su primera encíclica explicaba que el plan salvífico de Dios es un designio de amor, que se narra en la Biblia como una historia de amor: “Él sale a nuestro encuentro, trata de atraernos, llegando hasta la Última Cena, hasta el Corazón traspasado en la cruz, hasta las apariciones del Resucitado y las grandes obras mediante las que Él, por la acción de los Apóstoles, ha guiado el caminar de la Iglesia naciente. El Señor tampoco ha estado ausente en la historia sucesiva de la Iglesia: siempre viene a nuestro encuentro a través de los hombres en los que Él se refleja; mediante su Palabra, en los Sacramentos, especialmente la Eucaristía” (Deus caritas est, n. 17).


Iglesia, familia y vocación

     Pues bien, la Iglesia existe para anunciar la belleza de ese amor. Escribe el Papa en este mensaje que “la comunidad cristiana se convierte ella misma en manifestación de la caridad de Dios que custodia en sí toda llamada”. Y esto puede aplicarse tanto a la Iglesia universal como a las Iglesias locales, y también a los movimientos y a todas las realidades eclesiales.

      Incluso afirma que “esa dinámica, que responde a las instancias del mandamiento nuevo de Jesús, se puede llevar a cabo de manera elocuente y singular en las familias cristianas, cuyo amor es expresión del amor de Cristo que se entregó a sí mismo por su Iglesia (cf. Ef 5,32)”. Concreta que cada familia, “comunidad de vida y de amor” (Gaudium et spes, 48), es lugar privilegiado de la formación humana y cristiana; y puede convertirse en el mejor “seminario” (que quiere decir semillero) de las vocaciones, en la medida en que las familias sean “casas y escuelas de comunión”.

      Es claro que con ello no se quiere desnaturalizar la familia, haciendo de ella lo que no es. Al contrario, ese ha de ser el horizonte mejor: la comunión de vida y amor, comunión que quiere decir unión en la diversidad, y participación en la tarea común de vivir como personas y como cristianos.


Toda vocación es vocación al amor

     Benedicto XVI señala que en el contexto de “la apertura al amor de Dios y como fruto de este amor, nacen y crecen todas las vocaciones”, con la ayuda de la oración y los sacramentos, particularmente la Eucaristía. Y que el amor de Dios se expresa, se descubre y se aprende en el amor al prójimo, “sobre todo hacia los más necesitados y los que sufren”. Amor a Dios y amor al prójimo son “dos amores” que “brotan de la misma fuente divina y a ella se orientan”.

     A este propósito cabe recordar que, en la Iglesia, la vocación cristiana se vive en tres modos o caminos principales: la mayor parte de los cristianos, los fieles laicos, poseen la vocación de ordenar las realidades temporales (el trabajo, la familia, la cultura, etc.) al Reino de Dios como desde dentro (dice el Concilio) de esas mismas realidades. Otros, los ministros sagrados (obispos, presbíteros y diáconos) hacen presente la vida y la acción de Cristo ante los demás. Y la vida religiosa o consagrada da un testimonio público de la fe por medio de determinados votos, y desarrollando sus correspondientes dones y carismas.


Sentido de la vida y compromiso

     Todos los cristianos, unos y otros, necesitamos de los demás. Es importante para cada uno descubrir su vocación concreta. Y luego, ser fiel a esa vocación, como a lo más querido, a lo que da sentido a la vida, porque hace grande lo pequeño y ordinario, y más fácil y llevadero, lo grande o extraordinario.

     En otras ocasiones el Papa ha puesto de relieve que la vocación cristiana implica el compromiso de colaborar en el desarrollo humano integral. Esto pertenece a “la caridad en la verdad”. Pues si bien todos los hombres perciben en su interior una llamada a la verdad y al amor, el Evangelio es la mayor luz y el mayor impulso para esa tarea. Y cada cristiano la lleva a cabo según su vocación concreta y sus posibilidades (cf. la encíclica Caritas in veritate, de 2009).


El papel de los padres y madres

      Algunos padres y madres se preguntan cómo actuar en relación con la vocación concreta de sus hijos. Ese papel podría resumirse en estos términos: orientar y apoyar, con su consejo y su oración. Deben orientar a sus hijos para descubrir su vocación, sea que se inclinen por la vocación sacerdotal, religiosa, o laical (y ésta, bien en el matrimonio o en el celibato al servicio de los demás por medio de un trabajo profesional, o de alguna tarea de caridad). No deben inmiscuirse hasta el punto de obligar a los hijos a tomar una determinada opción. En ningún caso han de ser obstáculos para que los hijos cumplan con la voluntad de Dios y el servicio a los demás.

     En la medida en que los hijos lo necesitan (y de algún modo siempre necesitan algo de esto), los padres deben aconsejarles sobre su camino, después de considerar ante Dios la vocación de sus hijos, y si es preciso consultando con personas prudentes y de criterio cristiano. En este consejo han de tener en cuenta la razón (la ética) y la fe, las necesidades concretas de la Iglesia y del mundo, y las aptitudes de sus hijos, a los que se supone que conocen bien. Además, no acaba ahí su responsabilidad, sino que durante toda su vida deberán apoyarles con la oración y el buen ejemplo de cristianos.


(publicado en www.religionconfidencial.com, 30-IV-2012)

miércoles, 25 de abril de 2012

Llevar a la oración la vida cotidiana


Sara Maria Vaccarezza Fariña, Calle con árboles, gente y colores


Después de que los apóstoles Pedro y Juan curaron al cojo de nacimiento, les metieron en la cárcel, pero acabaron soltándoles, con la prohibición de que predicaran y enseñaran en nombre de Jesús (cf. Hch., capítulos 3 y 4). Ellos volvieron a reunirse con los demás discípulos. Y entonces, lo primero que hicieron todos fue invocar a Dios. Esta oración dio como fruto una efusión del Espíritu Santo que suele llamarse “el pequeño Pentecostés”. 

     A esta plegaria le ha dedicado Benedicto XVI una reflexión en la audiencia general del miércoles 18 de abril, dentro de sus catequesis sobre la oración.  Ha analizado el contexto, lo que se pedía en ella, sus resultados inmediatos y las enseñanzas que se desprenden para nosotros.


Siempre, ante todo, ponerse en oración

     Primero, el contexto. Como ya hemos visto, se trata de una dificultad para los primeros cristianos de Jerusalén. En esta situación, observa el Papa, “la primera comunidad cristiana no trata de hacer un análisis sobre cómo reaccionar, encontrar estrategias de cómo defenderse a sí mismos, o qué medidas adoptar; sino que ante la prueba empiezan a rezar, se ponen en contacto con Dios”. Y esta oración tiene una característica sobresaliente: se trata de una oración unánime,  dice el texto utilizando una terminología que también en otras ocasiones (cf. Hech. 1, 14; 2, 46) expresa la concordia y la unidad profunda que aquellos cristianos experimentan, poniéndose a rezar “como una sola persona”. Esto, entiende Benedicto XVI, es el primer prodigio que Dios hace en ellos: que a causa de su fe, “la unidad se refuerza, en lugar de verse comprometida, ya que está sostenida por una oración inquebrantable”. 


Dejar que la fe ilumine las cosas que pasan... y pedir lo que nos falta

     Pasando al contenido de esa oración, leemos cómo ante todo buscan, en palabras del Papa, “comprender en profundidad lo que ha sucedido”, tratan de “leer los acontecimientos a la luz de la fe” y lo hacen “precisamente a través de la Palabra de Dios, que nos permite descifrar la realidad del mundo”.  Dicho de otra manera: llevan a su oración lo que está pasando, para situarlo en la realidad: comienzan por reconocer quién es Dios, con su grandeza e inmensidad, y cómo actúa para nuestro bien. Dios, el creador del mundo, no abandona nunca a sus criaturas, y concretamente a sus elegidos; tampoco cuando surgen las dificultades o las amenazas de los poderosos (cf. el Salmo 2). “Como le sucedió a Jesús, también sus discípulos encuentran oposición, incomprensión, persecución”. 

     En esa consideración, que es ya oración de alabanza y acción de gracias, surge la petición. ¿Qué piden esos primeros cristianos en un momento de prueba? Hace notar Benedicto XVI que no piden ser librados de la persecución, de la prueba o del sufrimiento, ni la venganza contra sus enemigos, ni lograr éxito. Piden solamente a Dios que les conceda “proclamar tu palabra con libertad” (cf. Hch. 4, 29), es decir, no perder la valentía de la fe.

     A esa petición se añade la de que Dios confirme claramente su ayuda, mediante curaciones u otros signos o prodigios, “para que sea visible la bondad de Dios, es decir, una fuerza que transforme la realidad, que cambie el corazón, la mente, la vida de los hombres y traiga la novedad radical del Evangelio”. 


Dios siempre responde

     Finalmente, el resultado inmediato de la oración: “Tembló el lugar en que estaban reunidos tembló y todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y proclamaban la palabra de Dios con libertad” (Hch. 4, 31). He ahí, señala el Papa, el fruto de aquella oración: “La efusión del Espíritu, don del resucitado que sostiene y guía el anuncio libre y valiente de la Palabra de Dios, que impulsa a los discípulos del Señor a salir sin miedo para llevar la buena noticia hasta los confines del mundo”. 

     Y la principal lección para nosotros: “También nosotros (…) debemos saber presentar los acontecimientos de nuestra vida cotidiana en nuestra oración, para buscar su significado profundo”. Lo haremos, explica Benedicto XVI, si, como aquellos primeros cristianos, nos dejamos iluminar por la Palabra de Dios, la meditación de la Sagrada Escritura, para aprender a ver que Dios está presente en nuestras vidas, también en los momentos difíciles o en las cosas que no comprendemos, porque todo lo que sucede forma parte de su designio amoroso, en el que al final vence el bien. 

     También nosotros debemos renovar la petición del Espíritu Santo, que nos ilumine y vivifique, que nos lleve a reconocer al Señor, que responde a nuestras invocaciones con su voluntad de amor “y no según nuestras ideas”. Así podremos vivir con serenidad, valentía y alegría todas las situaciones, incluyendo las dificultades, con paciencia y esperanza (cf. Rm 5, 3-5).


El tema de mi vida... y de los demás

     Al leer estas palabras del Papa, me venían a la mente otras de san Josemaría Escrivá: “El tema de la oración es el tema de mi vida”. Por eso animaba a considerar lo que pasa en nuestra vida a la luz de la vida y las enseñanzas de Jesús, y con docilidad a las inspiraciones del Espíritu Santo.  Es sobre todo en la oración, predicaba, donde nos daremos cuenta “hasta qué extremo deben llevarse el amor y el servicio”. Y añadía: Sólo si procuramos comprender el arcano del amor de Dios, de ese amor que llega hasta la muerte, seremos capaces de entregamos totalmente a los demás, sin dejarnos vencer por la dificultad o por la indiferencia”.  



(publicado en www.analisisdigital.com, 25-IV-2012)

Líderes en solidaridad



La crisis económica acompaña nuestra preparación para el año de la fe. Esta coincidencia nos puede ayudar a pensar. ¿Será porque hemos de quedarnos con los brazos cruzados, esperando que Dios nos ayude a resolver nuestros problemas? No precisamente. Al contrario, la fe ilumina a la razón y da fuerzas para la salida de todas las crisis que se presentan en la vida humana.

     Concretamente, cabe considerar, desde la fe, una experiencia universal: todas las crisis requieren de la solidaridad. Quizá por ello, algunas películas, sin tener quizá gran valor cinematográfico e incluso habiendo recibido reprimendas de los críticos, tienen mucha aceptación, sobre todo entre los jóvenes.


Nostalgia de solidaridad

     Así por ejemplo, “Cadena de favores” (Pay it forward, M. Leder, 2000), “El último regalo” (The Ultimate Gift, M.O. Saible, 2006), o “El estudiante” (R. Girault, 2009). Entre muchas otras, estas películas reflejan, con más o menos acierto, diversos aspectos de la solidaridad. Y los jóvenes, aunque estén amenazados por el individualismo y el relativismo que domina el ambiente, tienen nostalgia de verdadera solidaridad. Se dan cuenta de que es algo que llevan dentro y que forma parte de la solución de todas las crisis personales y sociales. Y a la vez, de que no es automático, ni fácil.

     El valor o la virtud de la solidaridad está en relación no sólo con “grandes” virtudes como el amor y la justicia, sino también con otras que pueden parecer “pequeñas” y no lo son, como el altruismo y la comprensión, la cortesía y la gratitud, la responsabilidad y el compromiso.

      Es curioso que el diccionario del castellano defina la solidaridad como: “Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”. Tal vez sea la idea dominante en la calle: dar un poco de tiempo o de dinero, alguna vez o de vez en cuando (circunstancialmente), para algo. Si es así, se trataría de un valor pobre y superficial. Y, desde luego, una encuesta entre jóvenes daría como resultado la negativa a quedarse con esa definición, por corta de horizontes.


Lo primero es "hacer el bien", no "sentirse bien"


     Si se les pregunta qué es para ellos la solidaridad, en medio de muchas respuestas interesantes, quizá se les escape algo que está en el ambiente: ayudar y “sentirse bien”. Pero ¿qué es lo más auténtico, “hacer el bien” o “sentirse bien”? Sin duda lo primero lleva a lo segundo, con tal de que no se cambie el orden.

     El término solidaridad nos habla, etimológicamente, de algo “sólido”, compacto o entero, como puede ser una edificación, en la que cada elemento contribuye al todo y lo sustenta; y como valor personal, lleva a saberse y sentirse responsable de todos. No se trata de ingenuidad, sino de la conciencia vivida de ser y actuar como persona.

     Por eso la solidaridad tiene que ver más bien con lo que Juan Pablo II escribió: “Solidaridad no es un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas, sino la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, por el bien de todos y de cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos” (Enc. Sollicitudo rei socialis, de 1987, n. 38). Como es obvio esto no se limita a las catástrofes, sino que debería estar presente en lo ordinario.


Solidaridad y caridad

     Hay quien opone la solidaridad a la caridad: la caridad sería algo humillante, porque se ejerce verticalmente, desde arriba; mientras que la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo. Ciertamente durante mucho tiempo se ha podido entender, en muchos ambientes, la caridad como algo oficial, frío y seco, que nada tiene que ver con lo concreto de la solidaridad; asimismo puede haber sucedido o estar sucediendo, como hemos visto más arriba, que la solidaridad se diluya en un sentimiento “ciscunstancial”.

      En cambio la verdadera solidaridad se abre a la caridad auténtica, que está plenamente representada en la cruz de Cristo, con sus dos palos o travesaños: uno vertical (que viene de Dios) y otro horizontal (para extender los brazos a todos). Y se hace densa y real donde esos dos palos se juntan: en el corazón. No como lugar de un sentimentalismo barato, sino como fuente de entrega hasta el final.

      Escribió Pablo VI que nuestro mundo está enfermo de fraternidad. También lo decía, de otra manera, Martin Luther King: "Hemos aprendido a volar como los pajaros, a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el arte dew vivir juntos, como hermanos".

      En consecuencia, no es verdad que “la fraternidad es una de las más bellas invenciones de la hipocresía social” (G. Flaubert), sino la realidad humana más profunda, que debería hacerse una realidad también querida y buscada por todos cada día.


Formar líderes en solidaridad

     Por estas razones, entre otras, toda educación –tanto la educación familiar como la educación escolar y la universitaria, como también la formación cristiana en cualquiera de sus ámbitos y niveles– debería proponerse formar “líderes en solidaridad”.

     La solidaridad, como la caridad, de la que es germen y camino, tiene sin duda un orden: debe comenzar por los más cercanos: los familiares, los amigos, los vecinos. Pero no para limitarse a ese ámbito, porque si no, se destruiría. Si sólo amo a los que espero que me correspondan, ¿de qué amor se trata? Como la caridad, la solidaridad debe tener un componente de desinterés. Dar sin esperar nada a cambio, aunque sepamos que eso es imposible, porque al menos se recibe a cambio un sentimiento de alegría, que es prueba de que estamos bien hechos.

      Benedicto XVI ha señalado que la solidaridad de Dios con los hombres se manifiesta en su Hijo, al hacerse uno con nosotros en todo menos en el pecado; se puso “en fila con los pecadores” (Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor, 9-I-2011) y cargó con los pecados de todas las personas de todos los tiempos.


Jesús y la solidaridad

     Y todavía más. El Papa ha observado, de un modo nuevo hasta ahora, que Jesús pidió la solidaridad de los suyos en el Huerto de los Olivos, en el momento en que veía acercarse la muerte. Les pedía “una cercanía en la oración, para expresar, de alguna manera, la sintonía con Él, en el momento en que está a punto de cumplirse totalmente la voluntad del Padre, y es una invitación a cada discípulo a seguirlo en el camino de la cruz” (Audiencia general, 1-II-2012). Toda la vida del Señor, y especialmente su pasión y muerte, muestra que “su intercesión no es sólo solidaridad, sino que se identifica con nosotros: nos lleva a todos en su cuerpo” (Audiencia general 1-VI-2011). Este es, en efecto, el verdadero fundamento, siempre vivo, de la Iglesia, familia de Dios y germen de solidaridad universal en el mundo.

    Por eso Benedicto XVI nos invita, particularmente a los cristianos, a escoger con Jesús “la lógica de la comunión entre nosotros, de la solidaridad y del compartir. La Eucaristía es la máxima expresión del don que Jesús hace de sí mismo y es una constante invitación a vivir nuestra existencia en la lógica eucarística, como un don a Dios y a los demás” (Homilía en Venecia, 8-V-2011).

     Se atribuye a Apuleyo (siglo II) la frase: “Uno a uno, todos somos mortales. Juntos, somos eternos”. El evangelio vino a subrayar que uno a uno somos irrepetibles, queridos por Dios como hijos y, por tanto, como hermanos. Por eso, a la vez, vino a quebrar los moldes del individualismo. Y también por eso, el evangelio es la luz más potente y el mayor impulso para formar líderes en solidaridad.




(publicado en www.cope.es, 24-IV-2012)

miércoles, 18 de abril de 2012

La Iglesia de la fe

E. Chillida, Peine del viento (San Sebastián)

El 85 cumpleaños de Benedicto XVI es buena ocasión para evocar un texto de Joseph Ratzinger de 1968 (reeditado en el libro “Fe y futuro”, Desclée, 2007). En el título del texto se preguntaba el teólogo alemán: “¿Bajo qué aspecto se presentará la Iglesia en el año 2000?” Hoy tenemos la ocasión de comprobar hasta qué punto iba acertado en sus pronósticos.


La historia, maestra para el futuro

          Vaya por delante que el texto apelaba a la prudencia con los pronósticos. Y, sobre todo, apelaba, “precisamente en tiempos de violentas convulsiones históricas”, a reflexionar sobre la historia. Pero –se preguntaba– ¿no se trata de mirar al futuro? Y respondía: “Pienso que la reflexión sobre la historia, si es bien entendida, comprende ambas cosas: una mirada retrospectiva a lo anterior y, desde ahí, la reflexión sobre las posibilidades y las tareas de lo venidero, que sólo se pueden esclarecer si se abarca con la mirada un tramo mayor de camino y uno no se cierra ingenuamente en el hoy”. Mirar hacia atrás, seguía explicando, permite evitar el espejismo de pensar que lo que vivimos hoy es algo único. Y nos enseña el camino recorrido, de modo que aprendemos a distinguir lo que permanece y lo que cambia. Y, así, podemos orientarnos o corregirnos en la tarea que tenemos por delante.

          Ratzinger se remontaba a la Ilustración y la Revolución Francesa, con su rechazo de la historia y de la tradición, y sus ecos progresistas en ámbito católico, en Francia y Alemania. En este país destaca la figura de Johann Michael Sailer (1751-1832), teólogo y, en los últimos años de su vida, obispo de Ratisbona. Para explicar cómo era Sailer, Ratzinger cita a Antoine de Saint-Exupéry: “Sólo se ve bien con el corazón”. 


Poner el corazón en la fe y en la vida

          Sailer, dice Ratzinger, era un hombre abierto a las cuestiones de su tiempo, conocía bien la tradición teológica y mística medieval, y sabía que el hombre sólo se adentra en sí mismo si se abre a la profunda enseñanza de su historia. “Y, sobre todo, Sailer no sólo pensaba, sino que vivía. (…) Sailer veía en profundidad porque tenía corazón. De él podría surgir algo nuevo, portador de futuro, porque vivía de lo permanente y porque ponía a disposición de este fin su vida y su propio ser”. Y añade, como llegando a la cima de un itinerario: “Y con esto hemos llegado al punto decisivo: sólo quien se da a si mismo crea futuro”. Cabe pensar, ahora por nuestra cuenta: ¿no es esto lo que ha hecho Joseph Ratzinger y sigue haciendo como Benedicto XVI?

          Así escribía sobre el futuro: “El futuro de la Iglesia puede venir, y vendrá también hoy, sólo de la fuerza de quienes tienen raíces profundas y viven de la plenitud pura de su fe. El futuro no vendrá de quienes sólo dan recetas. No vendrá de quienes sólo se adaptan al instante actual. No vendrá de quienes sólo critican a los demás y se toman a sí mismos como medida infalible. Tampoco vendrá de quienes eligen sólo el camino más cómodo, de quienes evitan la pasión de la fe y declaran falso y superado, tiranía y legalismo, todo lo que es exigente para el ser humano, lo que le causa dolor y le obliga a renunciar a sí mismo. Digámoslo de forma positiva: el futuro de la Iglesia, también esta ocasión, como siempre, quedará marcado de nuevo con el sello de los santos”.

          Hoy, añadía el teólogo en 1968, apenas podemos percibir aún a Dios. Y esto “se debe a que nos resulta muy fácil evitarnos a nosotros mismos y huir de la profundidad de nuestra existencia, anestesiados por cualquier comodidad”.

          Así como surgió de las ruinas de finales del siglo XVIII, también mañana, preveía Ratzinger, surgirá una Iglesia que “se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio. Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en una coyuntura más favorable”. Perderá adeptos y privilegios de que ha gozado socialmente. Dependerá mucho más de la iniciativa de cada uno de sus miembros. En medio de esos y otros cambios, encontrará de nuevo lo esencial. El proceso será costoso, largo y laborioso (como fue la salida del progresismo hasta la renovación del siglo XIX). Pero de él “surgirá, de una Iglesia interiorizada y simplificada, una gran fuerza, porque los seres humanos serán indeciblemente solitarios en un mundo plenamente planificado. Experimentarán, cuando Dios haya desaparecido totalmente para ellos, su absoluta y horrible pobreza”. 


Permanecerá la Iglesia de la fe

          Estas predicciones, que prolongaban las que había hecho, unas décadas antes, Romano Guardini, no se detenían en su dramatismo: “A mí me parece seguro que a la Iglesia le aguardan tiempos muy difíciles. Su verdadera crisis apenas ha comenzado todavía. (…) Pero yo estoy también totalmente seguro de lo que permanecerá al final: (…) la Iglesia de la fe. Ciertamente ya no será nunca más la fuerza dominante en la sociedad en la medida en que lo era hasta hace poco tiempo. Pero florecerá de nuevo y se hará visible a los seres humanos como la patria que les da vida y esperanza más allá de la muerte”.

          El día de su 85 cumpleaños ha dicho Benedicto XVI: “Me encuentro ante el último tramo del recorrido de mi vida, y no sé qué me espera. Sé, sin embargo, que existe la luz de Dios, que Él ha resucitado, que su luz es más fuerte que cualquier oscuridad, que la bondad de Dios es más fuerte que cualquier mal de este mundo. Y esto me ayuda a seguir adelante con seguridad” (Homilía, 16 de abril de 2012).

          Detrás queda un camino largo e intenso. Delante, y hasta el final, “la Iglesia de la fe”, de la vida y de la esperanza. A corto plazo, debemos preparar el año de la fe, con esta seguridad de que estamos en buenas manos. 


(publicado en www.religionconfidencial.com, 18-IV-2012)

lunes, 9 de abril de 2012

El sí de Jesús en su oración

P. Veronese, La agonía en el Huerto (h. 1583)
Pinacoteca de Brera, Milán

Durante su homilía en San Juan de Letrán, el jueves santo 5 de abril, Benedicto XVI contemplaba, una vez más, la oración de Jesús en “la noche oscura del Monte de los Olivos”. No se trata solamente de la muerte que se cierne sobre él, por la traición de sus amigos y las asechanzas de sus enemigos. Es la oscuridad del mal presente en todos los siglos y en cada persona, muerte para la vida verdadera. En medio de esa oscuridad, la oración de Jesús abre a la luz y a la vida, a la verdad y a la inocencia, a la salvación y a la libertad.


La oración de Jesús, luz y vida

     Jesús reza como luz y vida, entrando en nuestra oscuridad y en nuestra muerte. “Jesús sale en la noche. La noche significa falta de comunicación, una situación en la que uno no ve al otro. Es un símbolo de la incomprensión, del ofuscamiento de la verdad. Es el espacio en el que el mal, que debe esconderse ante la luz, puede prosperar. Jesús mismo es la luz y la verdad, la comunicación, la pureza y la bondad. Él entra en la noche. La noche, en definitiva, es símbolo de la muerte, de la pérdida definitiva de comunión y de vida. Jesús entra en la noche para superarla e inaugurar el nuevo día de Dios en la historia de la humanidad”.


La oración del Hijo y del "niño"

     Jesús reza como Hijo y como “niño”. Ante Pedro, Santiago y Juan, en la transfiguración, Jesús hablaba de su “éxodo” en Jerusalén. ¿Qué podía significar aquello?, se preguntaban. Ahora, observa el Papa, “los discípulos son testigos del primer tramo de este éxodo, de la extrema humillación que, sin embargo, era el paso esencial para salir hacia la libertad y la vida nueva, hacia la que tiende el éxodo”. Sin embargo, y a pesar de que Jesús les pidió que le apoyaran en aquella oración de Getsemaní, pronto se durmieron. Sí pudieron escuchar algo de la oración de Jesús, que luego contaron. Sobre todo cómo llamaba a Dios Abbá, equivalente de nuestro “papá”.

     Este es así, señala Benedicto XVI, “el lenguaje de quien es verdaderamente ‘niño’, Hijo del Padre, de aquel que se encuentra en comunión con Dios, en la más profunda unidad con él”. Así se muestra que lo más característico de Jesús según los evangelios es el trato con su Padre Dios: “El ser con el Padre es el núcleo de su personalidad”. Y sólo a través de Cristo conocemos verdaderamente a Dios (cf. Jn 1, 18) como Padre bueno y omnipotente.


Oración de sacerdote

     Jesús ora como sacerdote. Según Mateo y Marcos “cayó rostro en tierra”. San Lucas dice que Jesús rezaba arrodillado. Por eso entiende el Papa que “los cristianos con su arrodillarse, se ponen en comunión con la oración de Jesús en el Monte de los Olivos”. Así le acompañan en aquél “combate” consigo mismo y por nosotros.

     No se trata únicamente, insiste Benedicto XVI, de la angustia natural ante la muerte: “En las noches del mal, él ensancha su mirada. Ve la marea sucia de toda la mentira y de toda la infamia que le sobreviene en aquel cáliz que debe beber. Es el estremecimiento del totalmente puro y santo frente a todo el caudal del mal de este mundo, que recae sobre él. Él también me ve, y ora también por mí. Así, este momento de angustia mortal de Jesús es un elemento esencial en el proceso de la Redención”.

     Y deduce que “por eso, la Carta a los Hebreos ha definido el combate de Jesús en el Monte de los Olivos como un acto sacerdotal. En esta oración de Jesús, impregnada de una angustia mortal, el Señor ejerce el oficio del sacerdote: toma sobre sí el pecado de la humanidad, a todos nosotros, y nos conduce al Padre”.


La oración del "nuevo Adán"

     Jesús reza como nuevo Adán que repara la soberbia del pecado, y nos abre a la libertad. Jesús se somete amorosamente a la voluntad de su Padre: “Padre: tú lo puedes todo, aparta de mí ese cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres” (Mc 14,36). Aunque su voluntad natural como hombre se resiste, se abandona en lo que el Padre quiere. “Con esto ­–explica el Papa– ha transformado la actitud de Adán, el pecado primordial del hombre, salvando de este modo al hombre. La actitud de Adán había sido: No lo que tú has querido, Dios; quiero ser dios yo mismo. Esta soberbia es la verdadera esencia del pecado”.

     Esto, añade Benedicto XVI, sucedió no solamente con Adán; también nos pasa a nosotros: “Pensamos ser libres y verdaderamente nosotros mismos sólo si seguimos exclusivamente nuestra voluntad. Dios aparece como el antagonista de nuestra libertad. Debemos liberarnos de él, pensamos nosotros; sólo así seremos libres. Esta es la rebelión fundamental que atraviesa la historia, y la mentira de fondo que desnaturaliza la vida”.

     Y agrega lo que ha dicho muchas veces a lo largo de su pontificado, como voz de la experiencia que brota de la historia, tristemente renovada: “Cuando el hombre se pone contra Dios, se pone contra la propia verdad y, por tanto, no llega a ser libre, sino alienado de sí mismo”. Por eso: “Únicamente somos libres si estamos en nuestra verdad, si estamos unidos a Dios. Entonces nos hacemos verdaderamente ‘como Dios’, no oponiéndonos a Dios, no desentendiéndonos de él o negándolo”.


Su sí en la oración nos hace libres

     Así, concluye el Papa, en la oración de Getsemaní “Jesús ha deshecho la falsa contradicción entre obediencia y libertad, y abierto el camino hacia la libertad”. Y con su “sí” a la voluntad de Dios, ha hecho posible que seamos verdaderamente libres.

     De nuevo comprendemos cómo esta oración del Señor, por un lado, condensa todo el misterio de su oración. Y cómo su oración es la raíz y el fundamento, el centro siempre vivo, la fuerza y la eficacia de nuestra oración. También el camino que todos pueden descubrir y recorrer.

Sacerdotes unidos a Cristo para servir



Cada año, en la misa del Jueves santo por la mañana, o si no es posible los días anteriores, los sacerdotes renuevan sus promesas en torno al obispo.

     Ellos están vinculados con Cristo para servir a los fieles cristianos. Deben, por eso, obediencia a la Iglesia y han de esforzarse por ser santos. Al acercarse el año de la fe, en la misa crismal del día 5 de abril, Benedicto XVI les ha recordado la necesidad de enseñar los fundamentos de la fe, y de desempeñar su ministerio en favor del “hombre entero”, con alegría y disponibilidad.


Configuración con Cristo

     Este día el obispo pregunta a los sacerdotes: “¿Queréis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con él, renunciando a vosotros mismos y reafirmando la promesa de cumplir los sagrados deberes que, por amor a Cristo, aceptasteis gozosos el día de vuestra ordenación para el servicio de la Iglesia?”.

     Con esto, según el Papa, se expresan sobre todo dos cosas: el vínculo interior o configuración con Cristo y “la necesidad de una superación de nosotros mismos, una renuncia a aquello que es solamente nuestro, a la tan invocada autorrealización”. Es decir, “se pide que nosotros, que yo, no reclame mi vida para mí mismo, sino que la ponga a disposición de otro, de Cristo. Que no me pregunte: ¿Qué gano yo?, sino más bien: ¿Qué puedo dar yo por él y también por los demás? O, todavía más concretamente: ¿Cómo debe llevarse a cabo esta configuración con Cristo, que no domina, sino que sirve; que no recibe, sino que da?; ¿cómo debe realizarse en la situación a menudo dramática de la Iglesia de hoy?.


Obediencia


     En segundo lugar, ha señalado Benedicto XVI cómo recientemente un grupo de sacerdotes ha publicado, en un país europeo, una llamada a la desobediencia, en nombre de la renovación de la Iglesia. Se pregunta el Papa si la desobediencia “es verdaderamente un camino para renovar la Iglesia”; si en ella se puede ver “algo de la configuración con Cristo, que es el presupuesto de toda renovación, o no es más bien sólo un afán desesperado de hacer algo, de trasformar la Iglesia según nuestros deseos y nuestras ideas?”

    Y explica que, ciertamente, Cristo “ha corregido las tradiciones humanas que amenazaban con sofocar la palabra y la voluntad de Dios”. Y “lo ha hecho para despertar nuevamente la obediencia a la verdadera voluntad de Dios, a su palabra siempre válida”.

     Pero de esta manera, todavía se interroga, “¿acaso no se defiende de hecho el inmovilismo, el agarrotamiento de la tradición?” Y responde que no. Especialmente se ve que no es así cuando se mira a tantas personas, concretamente sacerdotes santos, que han contribuido notablemente a la renovación de la Iglesia, precisamente desde su configuración con Cristo. “Los santos nos indican cómo funciona la renovación y cómo podemos ponernos a su servicio”, sobre todo bajo el humilde signo del grano de mostaza.


Anunciar y enseñar el mensaje de la fe

     En tercer lugar subraya el Papa uno de los deberes sacerdotales: la enseñanza. Alude al “analfabetismo religioso que se difunde en medio de nuestra sociedad tan inteligente”. Concretamente, “los elementos fundamentales de la fe, que antes sabía cualquier niño, son cada vez menos conocidos”. Y este conocimiento es necesario porque “para vivir y amar nuestra fe, para poder amar a Dios y llegar por tanto a ser capaces de escucharlo del modo justo, debemos saber qué es lo que Dios nos ha dicho; nuestra razón y nuestro corazón han de ser interpelados por su palabra”.

     La cercanía del año de la fe, con motivo de los 50 años del Concilio Vaticano II, “debe ser para nosotros una ocasión para anunciar el mensaje de la fe con un nuevo celo y con una nueva alegría”. ¿Dónde está ese mensaje? “Los textos del Concilio Vaticano II y el Catecismo de la Iglesia Católica son los instrumentos esenciales que nos indican de modo auténtico lo que la Iglesia cree a partir de la Palabra de Dios”. Benedicto XVI se refiere también al magisterio de Juan Pablo como fuente de orientaciones para las necesidades de nuestro tiempo.

     Ahora bien, observa el Papa, no por predicar la fe de la Iglesia perdemos nuestra personalidad. Al contrario, según San Agustín: “No me pertenezco y llego a ser yo mismo precisamente por el hecho de que voy más allá de mí mismo y, mediante la superación de mí mismo, consigo insertarme en Cristo y en su cuerpo, que es la Iglesia”. A lo que se añade un motivo de credibilidad: “Si no nos anunciamos a nosotros mismos e interiormente hemos llegado a ser uno con aquél que nos ha llamado como mensajeros suyos, de manera que estamos modelados por la fe y la vivimos, entonces nuestra predicación será creíble. No hago publicidad de mí, sino que me doy a mí mismo”. Así lo hizo el Cura de Ars, llegando con su predicación al corazón de la gente.


Servir al "hombre entero"

     Finalmente Benedicto XVI evoca la expresión “celo por las almas” que hoy se usa poco, porque a algunos les parece que expresa un falso dualismo entre el cuerpo y el alma. Evidentemente, replica, el hombre es una unidad, destinada a la eternidad en cuerpo y alma. “Pero esto no puede significar que ya no tengamos alma, un principio constitutivo que garantiza la unidad del hombre en su vida y más allá de su muerte terrena”.


     Y explica algo que considera necesario aclarar hoy: “Como sacerdotes, nos preocupamos naturalmente por el hombre entero, también por sus necesidades físicas: de los hambrientos, los enfermos, los sin techo. Pero no sólo nos preocupamos de su cuerpo, sino también precisamente de las necesidades del alma del hombre: de las personas que sufren por la violación de un derecho o por un amor destruido; de las personas que se encuentran en la oscuridad respecto a la verdad; que sufren por la ausencia de verdad y de amor. Nos preocupamos por la salvación de los hombres en cuerpo y alma”. Esto es lo que, en cuanto sacerdotes de Jesucristo, hacemos con celo (que significa, según el diccionario del castellano: cuidado, diligencia y esmero que se pone en una tarea)

     Concluye el Papa enlazando con los argumentos anteriores: “Por eso no podemos dar la sensación de que “cumplimos concienzudamente nuestro horario de trabajo, pero que antes y después sólo nos pertenecemos a nosotros mismos”. El sacerdote, insiste, no se pertenece a sí mismo: pertenece a Cristo y por eso está para servir, con alegría y celo, a la verdad y al amor.

     Es esta una llamada a la fidelidad renovada y creativa, al compromiso humilde y entusiasta en la tarea ministerial al servicio de todos.


(publicado en www.cope.es, 9-IV-2012)

lunes, 2 de abril de 2012

Caminos de la alegría

Durante la Jornada Mundial de la Juventud, Roma-2000


La XXVII Jornada Mundial de la Juventud, centrada este año en el Domingo de Ramos, tiene como tema la alegría: “¡Alegraos siempre en el Señor! (Flp. 4, 4).

     El mensaje que Benedicto XVI dirige a los jóvenes subraya que “la alegría es un elemento central de la experiencia cristiana”. Esto se comprueba en las Jornadas de los jóvenes: “Vemos la fuerza atrayente que ella tiene: en un mundo marcado a menudo por la tristeza y la inquietud, la alegría es un testimonio importante de la belleza y fiabilidad de la fe cristiana”.

     Ciertamente no faltan “las alegrías sencillas” y cotidianas que han de ser disfrutadas y agradecidas. Pero el corazón de los hombres, sobre todo de los jóvenes, busca “la alegría profunda, plena y perdurable, que pueda dar ‘sabor’ a la existencia”. Pero, se pregunta el Papa, ¿existe de verdad esa alegría o es una huída de la realidad? Si existe, ¿cómo distinguir las alegrías verdaderas, que no nos abandonan ni en los momentos más difíciles, respecto a los placeres inmediatos y engañosos?

     Dedica su mensaje a señalar los caminos de la alegría: el amor a Dios y a los demás; la conversión moral sobre la base de los Mandamientos y gracias al sacramento de la Confesión; incluso en medio de las pruebas y dificultades se puede vivir la alegría de la fe; y para mantenerse en la alegría es necesario compartirla, trasnsmitirla a otros.


El amor de Dios y el amor a Dios, fuente de la alegría

     Dios, en primer lugar, es la fuente de todas las auténticas alegrías: “Dios quiere hacernos partícipes de su alegría, divina y eterna, haciendo que descubramos que el valor y el sentido profundo de nuestra vida está en el ser aceptados, acogidos y amados por Él, y no con una acogida frágil como puede ser la humana, sino con una acogida incondicional como lo es la divina: yo soy amado, tengo un puesto en el mundo y en la historia, soy amado personalmente por Dios. Y si Dios me acepta, me ama y estoy seguro de ello, entonces sabré con claridad y certeza que es bueno que yo sea, que exista”.

     Esto se manifiesta plenamente en Jesucristo, donde se encuentra la alegría que buscamos. Esto se ve en la vida del Señor, y lo captan quienes se encuentran con él (María, los Magos, Zaqueo, Magdalena y las otras mujeres, etc.) y quienes comparten espiritualmente su vida (cf. Flp 4, 4-5). La alegría cristiana es abrirse al amor de Dios Padre, manifestado en Cristo, y permanecer en él (cf. Jn 15, 9.11; Jn 17, 26). Es fruto y signo del Espíritu Santo que nos hace ser y sentirnos hijos de Dios (cf. Rm 8, 15).

     Pero, se plantea Benedicto XVI, ¿cómo recibir y conservar este don? Porque ciertamente es un don, pero también requiere de nuestra colaboración. Como la alegría es fruto de la fe y de la cercanía de Cristo (Flp 4, 5), subraya la necesidad de buscar al Señor, acogiendo su Palabra en la lectura y meditación de la Sagrada Escritura (para muchos, el comienzo más fácil puede ser los Evangelios). Luego está la liturgia, la misa del domingo, momento fundamental en el camino cristiano de la alegría. Ahí celebramos la muerte y la resurrección de Cristo, y podemos alimentarnos con su Cuerpo y su Sangre. Y cita el Papa unas palabras de Santa Teresa del Niño Jesús: “Jesús, mi alegría es amarte a ti” (Poesía 45/7).


El amor a los demás 

     El amor a Dios se prolonga y se manifiesta en el amor a los demás. “La alegría está íntimamente unida al amor; ambos son frutos inseparables del Espíritu Santo” (cf. Ga 5, 23)”. Por eso Teresa de Calcuta dice que “la alegría es una red de amor para capturar las almas”. En efecto, y como esta alegría no puede ser fingida, el Papa señala sus raíces (que son a la vez manifestaciones) concretas: “constancia, fidelidad, tener fe en los compromisos”. Y esto, tanto en las amistades como en el trabajo. La alegría nos llevará “a ser generosos, a no conformarnos con dar el mínimo, sino a comprometernos a fondo”, siendo verdaderos amigos de los que nos rodean, competentes, estudiando con seriedad. “Buscad –aconseja el Papa– el modo de contribuir, allí donde estéis, a que la sociedad sea más justa y humana. Que toda vuestra vida esté impulsada por el espíritu de servicio, y no por la búsqueda del poder, del éxito material y del dinero”.

     Una alegría especial “es la que se siente cuando se responde a la vocación de entregar toda la vida al Señor”, precisamente para dedicarse con todo el corazón al servicio de los demás. Y lo mismo en el matrimonio, para formar una familia. Otra raíz y manifestación esencial de la alegría es la fraternidad en el seno de las diversas comunidades cristianas (cf. Hch 2, 46), que deben ser “lugares privilegiados en que se comparta, se atienda y cuiden unos a otros”.



La alegría de la conversión: los Mandamientos y la Confesión

     La alegría de la conversión procede de oponerse a los placeres inmediatos, a la lógica de la posesión y del consumo. Es fruto de cumplir los mandamientos. Sobre ellos afirma Benedicto XVI: “Aunque a primera vista puedan parecer un conjunto de prohibiciones, casi un obstáculo a la libertad, si los meditamos más atentamente a la luz del Mensaje de Cristo, representan un conjunto de reglas de vida esenciales y valiosas que conducen a una existencia feliz, realizada según el proyecto de Dios. Cuántas veces, en cambio, constatamos que construir ignorando a Dios y su voluntad nos lleva a la desilusión, la tristeza y al sentimiento de derrota. La experiencia del pecado como rechazo a seguirle, como ofensa a su amistad, ensombrece nuestro corazón”.

     Y ante los obstáculos o las caídas, Dios no nos abandona, sino que nos ofrece siempre la posibilidad de volver a reconciliarnos con Él, de “experimentar la alegría de su amor que perdona y vuelve a acoger”. Concretamente a través de la Confesión. Por eso el Papa anima a los jóvenes a que se confiesen con “constancia, serenidad y confianza”, sabiendo que el Señor siempre les espera con los brazos abiertos: “…¡recurrid a menudo al Sacramento de la Penitencia y la Reconciliación! Es el Sacramento de la alegría reencontrada” (cf. Lc 15, 7).



Alegría en medio de las dificultades

     También en las pruebas y dificultades de la vida hay espacio para la alegría de la fe, incluso pueden ser ocasiones para encontrar la luz de Cristo y la esperanza. Y esto no es huir de la realidad. Cuando participamos en los sufrimientos de Cristo, el amigo siempre fiel, “participamos también en su alegría. Con Él y en Él, el sufrimiento se transforma en amor. Y ahí se encuentra la alegría (cf. Col 1,24)”.



Testigos y transmisores de la alegría


      Finalmente, propone Benedicto XVI que los cristianos seamos “misioneros de la alegría”, porque “no se puede ser feliz si los demás no lo son”. Permanecer en la alegría de la fe requiere compartirla, transmitirla“ (cf. 1 Jn 1, 3-4). Los cristianos sabemos que estamos siempre en las manos de Dios. Por eso les dice el Papa especialmente a los jóvenes: “Tenéis la tarea de mostrar al mundo que la fe trae una felicidad y alegría verdadera, plena y duradera. Y si el modo de vivir de los cristianos parece a veces cansado y aburrido, entonces sed vosotros los primeros en dar testimonio del rostro alegre y feliz de la fe”.

     Y una buena síntesis del mensaje: “El Evangelio es la ‘buena noticia’ de que Dios nos ama y que cada uno de nosotros es importante para Él. Mostrad al mundo que esto de verdad es así”.



(publicado en www.analisisdigital.com, 2-IV-2012)

domingo, 1 de abril de 2012

Ética y actitudes ante Cristo

M. Munkacsy, Cristo ante Pilatos (1881)


En la visita pastoral de Benedicto XVI a Cuba pueden destacarse cuatro temas: la ética centrada en la persona, la obediencia a la voluntad divina, las actitudes ante Cristo y la libertad religiosa. Cabría expresar así el núcleo del mensaje que dejó el Papa: la ética sólo se garantiza mediante la apertura a Cristo. 

 

Una ética centrada en la persona humana

 

     En su discurso de llegada afirmó: “Muchas partes del mundo viven hoy un momento de especial dificultad económica, que no pocos concuerdan en situar en una profunda crisis de tipo espiritual y moral, que ha dejado al hombre vacío de valores y desprotegido frente a la ambición y el egoísmo de ciertos poderes que no tienen en cuenta el bien auténtico de las personas y las familias” (En el aeropuerto Antonio Maceo de Santiago de Cuba, 26-III-2012). Esta dolorosa situación no debe mantenerse por más tiempo. Como primer requisito, “el progreso verdadero tiene necesidad de una ética que coloque en el centro a la persona humana y tenga en cuenta sus exigencias más auténticas, de modo especial su dimensión espiritual y religiosa”. La regeneración de las sociedades y del mundo requiere “hombres rectos, de firmes convicciones morales y altos valores de fondo que no sean manipulables por estrechos intereses, y que respondan a la naturaleza inmutable y trascendente del ser humano” (Ibíd). 


Obediencia a la voluntad divina
 

     El 400 aniversario del hallazgo de la Virgen de la Caridad del Cobre se celebró con la misa en la fiesta de la Encarnación. Benedicto XVI explicó el significado y la importancia, para la vida concreta, de este misterio que fue posible por el “sí” de María. La Encarnación significa que Jesús, el Verbo eterno de Dios, se ha hecho carne en Cristo, y ha compartido nuestra condición humana. De esta manera, el mundo se hecho realmente un hogar para el hombre. “En cambio, cuando Dios es arrojado fuera, el mundo se convierte en un lugar inhóspito para el hombre, frustrando al mismo tiempo la verdadera vocación de la creación de ser espacio para la alianza, para el ‘sí’ del amor entre Dios y la humanidad que le responde. Y así hizo María como primicia de los creyentes con su ‘sí’ al Señor sin reservas” (Homilía en la Plaza Antonio Maceo de Santiago de Cuba, 26-III-2012).

      Así vemos, decía el Papa, que la “obediencia de la fe” abre a la verdadera libertad, permite unirse a Jesús en su obra redentora, que nos lleva a la plena comunión con la voluntad divina, y a través de la resurrección, a un mundo nuevo de luz, verdad y alegría. Esto vale tanto para la Iglesia en su conjunto como para cada cristiano. “Vale la pena dedicar toda la vida a Cristo, crecer cada día en su amistad y sentirse llamado a anunciar la belleza y bondad de su vida a todos los hombres, nuestros hermanos” (Ibíd). 



Actitudes ante Cristo

      Ciertamente, se dan diversas actitudes ante Cristo y, por tanto, ante la verdad. A esto dedicó Benedicto XVI su segunda homilía, en la plaza de José Martí, La Habana (28-III-2012). Hay, señaló, quienes se oponen a Cristo y los que le siguen, sin enfrentarse con la verdad. “Algunos, como Poncio Pilato, ironizan con la posibilidad de poder conocer la verdad (cf. Jn 18, 38), proclamando la incapacidad del hombre para alcanzarla o negando que exista una verdad para todos. Esta actitud, como en el caso del escepticismo y el relativismo, produce un cambio en el corazón, haciéndolos fríos, vacilantes, distantes de los demás y encerrados en sí mismos. Personas que se lavan las manos como el gobernador romano y dejan correr el agua de la historia sin comprometerse”.

      Por otra parte, hay otros que interpretan mal esta búsqueda de la verdad, llegando a la irracionalidad y al fanatismo, “encerrándose en ‘su verdad’ e intentando imponerla a los demás”. Es el caso de los legalistas que gritaban enfurecidos: “¡Crucifícalo!” (cf. Jn 19, 6).

     Por el contrario, la fe va de la mano con la razón. “No es ciertamente la irracionalidad, sino el afán de verdad, lo que promueve la fe cristiana. Todo ser humano ha de indagar la verdad y optar por ella cuando la encuentra, aun a riesgo de afrontar sacrificios”. Así, sobre la base de la dignidad de la persona, surgirá una ética capaz de ayudar a la familia y a la sociedad, capaz de acercar entre sí las diversas culturas y religiones.

     Porque se han encontrado personalmente con Cristo, los cristianos están llamados a compartir con los demás, especialmente mediante el testimonio de la vida, la verdad que hace libres. En cambio “el que obra el mal, el que comete pecado, es esclavo del pecado y nunca alcanzará la libertad” (cf. Jn 8,34). Por eso, “sólo renunciando al odio y a nuestro corazón duro y ciego seremos libres, y una vida nueva brotará en nosotros”.

     Puso el Papa el ejemplo de Félix Varela, sacerdote, educador y maestro cubano. Con su vida y su enseñanza mostró que una nación digna y libre necesita de hombres virtuosos. “Cuba y el mundo necesitan cambios, pero éstos se darán sólo si cada uno está en condiciones de preguntarse por la verdad y se decide a tomar el camino del amor, sembrando reconciliación y fraternidad”.
 


La libertad religiosa

     Condición para todo ello (la convivencia, la paz, el verdadero progreso) es la libertad religiosa. Especialmente en su despedida de Cuba, Benedicto XVI pidió a todos un esfuerzo de diálogo y comprensión: “La hora presente reclama de forma apremiante que en la convivencia humana, nacional e internacional, se destierren posiciones inamovibles y los puntos de vista unilaterales que tienden a hacer más arduo el entendimiento e ineficaz el esfuerzo de colaboración. Las eventuales discrepancias y dificultades se han de solucionar buscando incansablemente lo que une a todos, con diálogo paciente y sincero, comprensión recíproca y una leal voluntad de escucha que acepte metas portadoras de nuevas esperanzas” (Despedida en el Aeropuerto José Martí de la Habana, 28-III-2012).

     En síntesis, una ética centrada en la persona se garantiza mediante la apertura a Cristo, que es también el mejor camino de apertura a los demás. Mostrar la posibilidad y los horizontes de esta ética (la verdad y la libertad, la belleza y la alegría) forma parte de la tarea cristiana. Los cristianos han de llevar a cabo su misión con el ejemplo y el compromiso, la razón y el sacrificio, la esperanza y el amor. 



(publicado en www.religionconfidencial.com, 1-IV-2012)


 Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba

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