martes, 31 de mayo de 2011

Responsabilidad por la vida pública



sal y luz

La exhortación Christifideles laici (30-XII-1988) es la Carta magna sobre los fieles laicos, su vocación y misión. El texto prolonga la reflexión del Concilio Vaticano II, asumiendo la rica experiencia del camino posconciliar, enriquecedor y renovador. Un camino, sin embargo –se observa en la introducción–, no exento de dificultades. Concretamente se alude a dos “tentaciones” en los laicos mismos: “La tentación de reservar un interés tan marcado por los servicios y las tareas eclesiales, de tal modo que frecuentemente se ha llegado a una práctica dejación de sus responsabilidades específicas en el mundo profesional, social, económico, cultural y político; y la tentación de legitimar la indebida separación entre fe y vida, entre la acogida del Evangelio y la acción concreta en las más diversas realidades temporales y terrenas” (n. 2).

      Estas dos “tentaciones” o riesgos pueden verse como consecuencia de un doble contexto histórico-social: de una parte, desde hacía muchos siglos, una extendida mentalidad que reservaba a los clérigos la responsabilidad de la edificación de la Iglesia, y, en consecuencia, consideraba a los laicos como meramente receptores de la salvación. A esto se ha venido sumando la progresiva descristianización de la sociedad, acelerada a partir de la revolución industrial en Francia y Centroeuropa. Pues bien, es este segundo fenómeno, la descristianización creciente, el que constituye la preocupación predominante del documento y determina su perspectiva y su forma de expresarse. Y es que Jesús quiere que especialmente los fieles laicos sean sal de la tierra y luz del mundo (cf. n. 4; Mt 5, 13-14).


Tareas propias de los laicos

     El texto deja claro que la preocupación por la salvación del mundo y la restauración del orden temporal pertenecen a todos los cristianos, como continuadores de la obra de Cristo, si bien de modos diversos. A los fieles laicos (los cristianos “de la calle”, que se santifican en la vida ordinaria y en el seno de la sociedad civil) les corresponde santificar las realidades terrenas (el trabajo, la familia, la cultura y la política, la salud y la enfermedad, el ocio y el deporte, etc.) “como desde dentro” del mundo mismo, como fermento o levadura. Es decir, viviendo plenamente su condición o índole secular. Esto significa el compromiso directo en la edificación de la ciudad terrena y en el progreso de los pueblos, por medio de su trabajo y en el transcurso de su existencia cotidiana. Es “ahí”, había dicho ya el Concilio Vaticano II, donde Dios los llama a ser santos, a dar testimonio de una vida coherente y a explicar las razones de su esperanza.

      Como todos los cristianos, los laicos también pueden contribuir a las necesarias actividades intraeclesiales (la catequesis, la colaboración en la liturgia, el servicio caritativo desde las parroquias, etc.), además de colaborar en ciertas tareas de los Pastores de tal manera que no se confundan las tareas de unos y de otros.

      Juan Pablo II impulsó la formación de los fieles laicos ante todo como cristianos (vida de oración, celebración de los sacramentos, coherencia en la vida moral) y particularmente en la Doctrina Social de la Iglesia (encíclicas Laborem exercens, de 14-IX-1981, Solicitudo rei socialis, de 30-XII-1987, y Centesimus annus, de 1-V-1991). Al hacer esto, era bien consciente de que un aspecto central de la misión propia de los fieles laicos es su compromiso en la vida pública, cultural y política, en orden a servir al bien común y especialmente a las personas más necesitadas.

      En esta línea sigue insistiendo Benedicto XVI, concretando cada vez más, para que los laicos no se retiren de sus propias responsabilidades. Esto comporta que también los Pastores (sobre todo los obispos) ejerzan las suyas en lo que se refiere a la formación de todos los fieles. 


Responsabilidad de los Pastores

      En su discurso del 26 de mayo a los obispos italianos, el Papa les ha insistido en su responsabilidad por la formación de los fieles laicos, para que éstos se impliquen en la vida pública, venciendo “todo espíritu de cerrazón, distracción o indiferencia”. Les ha dicho que han de preparar a los laicos para que “quien está llamado a responsabilidades políticas y administrativas no sea víctima de la tentación de explotar su posición por intereses personales o por sed de poder”. Les ha pedido que apoyen “la vasta red de agregaciones y de asociaciones que promueven obras de carácter cultural, social y caritativo”; que renueven “las ocasiones de encuentro, en el signo de la reciprocidad, entre el Norte y el Sur” (fomentando en el Norte la cultura de la solidaridad y del desarrollo económico, e invitando al Sur a dejar compartir sus recursos y cualidades). Les ha exhortado para que sigan cultivando “un espíritu de colaboración sincera y leal con el Estado”, y que animen a cuantos “son llamados a gestionar la complejidad que caracteriza el tiempo presente”.

      Además de esto y en cumplimiento de su misión como Pastores, “en una época en la que surge cada vez con más fuerza la petición de sólidas referencias espirituales”, deben “plantear a todos lo que es peculiar de la experiencia cristiana: la victoria de Dios sobre el mal y sobre la muerte, como horizonte que arroja una luz de esperanza sobre el presente”. Y “asumiendo la educación como hilo conductor del compromiso pastoral de esta década”, han de “expresar la certeza de que la existencia cristiana –la vida buena del Evangelio– es precisamente la demostración de una vida realizada”. De esta manera aseguran “un servicio no solo religioso o eclesial, sino también social, contribuyendo a construir la ciudad del hombre”: “una sociedad más justa, madura y responsable, capaz de redescubrir los valores profundos del corazón humano”.


La Doctrina social, referencia para la espiritualidad de los laicos y su acción

      De esta forma, y siguiendo las huellas de su predecesor, Benedicto XVI se manifiesta del todo coherente con su afirmación de que “la Doctrina social de la Iglesia representa la referencia esencial para los proyectos y la acción social de los fieles laicos, así como para su espiritualidad, que se alimenta y se encuadra en la comunión eclesial: comunión de amor y de verdad, comunión en la misión” (Mensaje a la Asamblea plenaria del Consejo Pontificio Justicia y Paz, 3-XI-2010, n. 4).

      Es la hora de preguntarnos si, especialmente los que nos dedicamos a tareas educativas, impulsamos de hecho la Doctrina social de la Iglesia, no permitiendo que se contemple sólo como una “bella teoría”, sino traduciéndola en obras “contantes y sonantes” de servicio. Los fieles laicos –en el ejercicio de su responsabilidad y libertad– están llamados a implicarse en las tareas culturales, sociales y políticas. Esto es –sobre todo en las circunstancias actuales– presupuesto y condición, manifestación imprescindible y consecuencia intrínseca de su propia vocación y misión. 

(publicado en www.analisisdigital.com, 30-V-2011)

viernes, 27 de mayo de 2011

Fe cristiana y universidad

Marc Chagall, Notre Dame y la torre Eiffel (1960)

La fe es luz e impulso para la ciencia y la cultura, y vivifica la tarea universitaria al servicio de las personas y de la transformación de la sociedad


Con motivo del 90º aniversario de su fundación, el 21 de mayo Benedicto XVI dirigió unas palabras a los miembros de la Universidad Católica del Sacro Cuore (Roma). En ellas manifestó el servicio que la fe cristiana presta a la ciencia y a la cultura. 

Crisis del humanismo y de la universidad

      En una mirada a las transformaciones de nuestro tiempo, que se reflejan en la universidad, señalaba: “La cultura humanista parece afectada por un progresivo deterioro, mientras que se pone el acento en las disciplinas llamadas ‘productivas’, de ámbito tecnológico y económico; hay una tendencia a reducir el horizonte humano al nivel de lo que es mensurable, a eliminar el saber sistemático y crítico, la cuestión fundamental del sentido. La cultura contemporánea, entonces, tiende a confinar a la religión fuera de los espacios de la racionalidad”.

      Ante esto, la perspectiva cristiana como marco del trabajo intelectual en una Universidad de inspiración católica, sirve a la ciencia y a la cultura, al ampliar el horizonte y el camino hacia la verdad plena; pues “sin orientación a la verdad, sin una actitud de búsqueda humilde y ardua, toda cultura se deteriora, cae en el relativismo y se pierde en lo efímero”. En cambio, “liberada de la presión de un reduccionismo que la mortifica y la limita, puede abrirse a una interpretación verdaderamente iluminada por la realidad, desarrollando así un auténtico servicio a la vida”.

      Por tanto la fe y la cultura están íntimamente unidas. Y por eso “es necesario que en la Universidad haya una auténtica pasión por la cuestión de lo absoluto, la verdad misma, y por tanto también por el saber teológico”. Y explicaba el Papa: “Uniendo en sí la audacia de la búsqueda y la paciencia de la maduración, el horizonte teológico puede y debe valorar todos los recursos de la razón. La cuestión de la Verdad y de lo Absoluto –la cuestión de Dios– no es una investigación abstracta, divorciada de la realidad cotidiana, sino la pregunta crucial, de la que depende radicalmente el descubrimiento del sentido del mundo y de la vida”. 


La tarea universitaria y el servicio de la fe a la persona y a la sociedad

      Si el presupuesto del trabajo universitario es “la pasión auténtica por el hombre”, según el Concilio Vaticano II, la fe es capaz de donar luz a la existencia: “La fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación del hombre. Por ello orienta la mente hacia soluciones plenamente humanas” (Gaudium et spes, 11).

      Ahora bien, no hay que perder de vista que la fe es inseparable de la caridad, pues “el núcleo profundo de la verdad de Dios, de hecho, es el amor con el que Él se ha inclinado hacia el hombre y, en Cristo, le ha ofrecido dones infinitos de gracia” (cf. 1 Jn 4, 7 y 8). Por eso San Agustín pudo decir: “No se entra en la verdad sino por la caridad” (Contra Faustum, 32).

      Según Juan Pablo II, el hombre necesita la verdad y el amor, para no perder el frágil tesoro de la libertad y exponerse a la violencia de las pasiones y condicionamientos abiertos y ocultos (cf. Enc. Centesimus annus, 46). Y a propósito del amor Benedicto XVI observa: “La fe cristiana no hace de la caridad un sentimiento vago y piadoso, sino una fuerza capaz de iluminar los senderos de la vida en todas sus expresiones”. No se trata sólo de una ayuda ocasional, sino de “transformar la vida de la persona y las mismas estructuras de la sociedad”. Pues bien: “Este es un compromiso específico que la misión en la Universidad os llama a realizar como protagonistas apasionados, convencidos de que la fuerza del Evangelio es capaz de renovar las relaciones humanas y penetrar el corazón de la realidad”.

      En definitiva, la tarea universitaria iluminada por el Evangelio debe “mostrar cómo la fe cristiana es un fermento de cultura y luz para la inteligencia, estímulo para desarrollar todas las potencialidades positivas, por el bien auténtico del hombre”. De esa manera, “lo que la razón percibe, la fe lo ilumina y manifiesta. La contemplación de la obra de Dios abre al saber la exigencia de la investigación racional, sistemática y crítica; la búsqueda de Dios refuerza el amor por las letras y ciencias profanas”. Así lo señala Hugo de San Víctor: “La fe es ayudada por la razón y la razón es perfeccionada por la fe” (De sacramentis, I, III, 30: PL 176, 232). 


La capilla universitaria

     De ahí también que la capilla universitaria debe ser como el corazón de la Universidad y sus tareas. En palabras del Beato Juan Pablo II, se trata de “un lugar del espíritu, en el que los creyentes en Cristo, que participan de diferentes modos en el estudio académico, pueden detenerse para rezar y encontrar alimento y orientación. Es un gimnasio de virtudes cristianas, en el que la vida recibida en el bautismo crece y se desarrolla sistemáticamente. Es una casa acogedora y abierta para todos los que, escuchando la voz del Maestro en su interior, se convierten en buscadores de la verdad y sirven a los hombres mediante su dedicación diaria a un saber que no se limita a objetivos estrechos y pragmáticos. En el marco de una modernidad en decadencia, la capilla universitaria está llamada a ser un centro vital para promover la renovación cristiana de la cultura mediante un diálogo respetuoso y franco, unas razones claras y bien fundadas (cf. 1 Pe 3, 15), y un testimonio que cuestione y convenza” (Discurso a los Capellanes europeos, 1 de mayo de 1998).

      En efecto. En la medida en que la vida universitaria esté abierta realmente a la verdad y al amor, los que allí trabajan y estudian pueden encontrar en la fe cristiana la luz y el impulso para servir efectivamente a los demás. 

(publicado en www.religionconfidencial.com, 27-V-2011)

miércoles, 25 de mayo de 2011

El sentido cristiano de la sexualidad

Gerard David, Las bodas de Caná (h. 1500)

El mismo día que Juan Pablo II sufrió el atentado en la plaza de San Pedro, el 13 de mayo de 1981, tenía previsto anunciar la creación del Instituto Pontificio Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia. En el XXX aniversario de este instituto, Benedicto XVI les ha sugerido una nueva tarea: “Conjugar la teología del cuerpo con la del amor para encontrar la unidad del camino del hombre: este es el tema que quisiera indicaros para vuestro trabajo”. Y les ofreció algunas orientaciones.

viernes, 20 de mayo de 2011

Oración y esperanza

El Greco, Anunciación (1595-1560)


Puede decirse que el aprendizaje de la esperanza comienza por la oración. Así lo expresaba Benedicto XVI en su encíclica Spe salvi: “Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme –cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar, Él puede ayudarme”. También cuando uno se siente solo, porque en realidad, “el que reza nunca está totalmente solo”. Y refiere el testimonio del Cardenal Nguyen Van Thuan, que durante trece años en la cárcel se apoyó con fuerza creciente en la escucha y la conversación con Dios.


Vaciar el vaso de vinagre, dilatar el corazón

     Según San Agustín, la oración tiene como finalidad precisamente el aumento de la esperanza. A través de la oración Dios ensancha y purifica el corazón. “Imagínate que Dios quiere llenarte de miel ­–símbolo, observa el Papa, de la ternura y la bondad de Dios–; si estás lleno de vinagre, ¿dónde pondrás la miel? El vaso, es decir el corazón, tiene que ser antes ensanchado y luego purificado: liberado del vinagre y de su sabor. Eso requiere esfuerzo, es doloroso, pero sólo así se logra la capacitación para lo que estamos destinados”. Y añade la encíclica algo que le interesa subrayar: “Con este esfuerzo por liberarse del vinagre y de su sabor, el hombre no sólo se hace libre para Dios, sino que se abre también a los demás. En efecto, sólo convirtiéndonos en hijos de Dios podemos estar con nuestro Padre común”.

     Esto tiene consecuencias para el modo de entender la oración en la práctica: “Rezar no significa salir de la historia y retirarse en el rincón privado de la propia felicidad”. No es un encerrarse, sino lo contrario, un abrirse y dilatarse: “El modo apropiado de orar es un proceso de purificación interior que nos hace capaces para Dios y, precisamente por eso, capaces también para los demás”. La oración es, en definitiva una escuela de comunión con Dios y, a través de Él, con los otros. “En la oración, el hombre ha de aprender qué es lo que verdaderamente puede pedirle a Dios, lo que es digno de Dios. Ha de aprender que no puede rezar contra el otro”.


La oración: escuela, purificación y liberación


     La oración es una escuela y a la vez un lugar de purificación y de liberación. El que reza “ha de aprender que no puede pedir cosas superficiales y banales que desea en ese momento, la pequeña esperanza equivocada que lo aleja de Dios. Ha de purificar sus deseos y sus esperanzas. Debe liberarse de las mentiras ocultas con que se engaña a sí mismo: Dios las escruta, y la confrontación con Dios obliga al hombre a reconocerlas también…”. Si Dios no existiera, la oración no tendría sentido y cabría la desesperación o el autoengaño, porque nadie podría perdonar la culpa ni existiría el criterio del Bien.

     La oración es una relación personal con el Dios vivo. Los Padres de la Iglesia enseñaban que la oración debe impregnar toda la vida hasta convertirla en oración, como sucedía con la vida de Jesús. De este modo, la vida del cristiano debería ser una “oración continua”, observa Benedicto XVI en su libro sobre Jesús de Nazaret (I). Para eso son necesarias las oraciones concretas, que se expresan con palabras, imágenes y pensamientos; y que han de brotar espontáneamente del corazón ante las penas y las alegrías. Al mismo tiempo, la oración se realiza en unión con los cristianos y los santos que nos han precedido.

    Aunque el cristiano no sepa cómo rezar, el Espíritu Santo actúa en su oración, la une a la oración de Jesús y la hace eficaz en el Cuerpo de Cristo. Así nos va enseñando a pedir el mejor de los dones: el amor que impregna la vida íntima de Dios. Por eso Juan Pablo II rechazaba como no auténtica una oración que se apartase del compromiso cotidiano –el servicio a los demás– y la preocupación por los más pobres y necesitados.


La oración privada y la oración de la Iglesia

    Nada puede sustituir la “oración personal”. Y a la vez, porque la oración no es de ningún modo un acto de individualismo, debe ser guiada e iluminada continuamente por las principales oraciones cristianas –el Padrenuestro, el Ave María– y la oración litúrgica, oración pública de la Iglesia.

     La oración cristiana es aprendizaje, interpretación y explicación de la esperanza; por eso, “aprender a rezar es aprender a esperar y por lo tanto es aprender a vivir”, escribía Joseph Ratzinger hace años. En la oración, como se ve sobre todo en el Padrenuestro, los anhelos se convierten en invocaciones y en esperanza. Y añadía: “Todas nuestras angustias son, en último término, miedo por le pérdida del amor y por la soledad total que le sigue”.

    La oración es escuela de la gran esperanza que asume las esperanzas humanas. La oración auténtica lleva a actuar para que todas las personas y el mundo mismo puedan participar de la comunión con Dios. Toda justicia verdadera comienza por la oración: “La justicia comienza de rodillas” (Dorothy Day). Y Benedicto XVI en su tercera encíclica: “El desarrollo necesita cristianos con los brazos levantados hacia Dios en oración”, cristianos conscientes de que el amor lleno de verdad, no es ante todo el resultado de nuestro esfuerzo, sino un don.

     En ese diálogo con Dios que es la oración –concluye la Spe salvi–, “se realizan en nosotros las purificaciones, a través de las cuales llegamos a ser capaces de Dios e idóneos para servir a los hombres. Así nos hacemos capaces de la gran esperanza y nos convertimos en ministros de la esperanza para los demás”.
 
 
Publicado por vez primera en
www.ssbenedictoxvi.org (México), 5-III-2009
y reproducido en el libro
"Al hilo de un pontificado: el gran 'sí' de Dios", ed Eunsa, 2010

domingo, 15 de mayo de 2011

Realismo a contracorriente

M.B.  Predergast, El gran canal de Venecia (1898-1899)


La vida cristiana no tiene nada de triste o aburrido, anodino o conformista, nada de ideológico ni utópico. En su visita a Aquileya y a Venecia, Benedicto XVI ha explicado el compromiso de la vida cristiana como un horizonte realista y generoso, una aventura fascinante e intensa, a contracorriente de las propuestas egoístas o, al menos, poco comprometidas, que ponen el triunfo en el poder, en el éxito, en el placer.

      Tampoco sirve una propuesta de santidad entendida como algo “heroico” que se espera sólo en circunstancias extraordinarias; ni una religión que encerrara a las personas en su interior, sin abrirlas a Dios, y por tanto, a los demás; pues, como ya decía Juan Pablo II, una oración o un culto indiferente a la justicia serían una oración o un culto no auténticos.

      De esta manera, en el contexto de lo que todos los cristianos deben hacer, el Papa viene subrayando la vocación y misión propia de los fieles laicos, cada vez con renovada profundidad, de modo más concreto y armónico. En este viaje, su enseñanza puede sintetizarse así: santidad, Eucaristía y compromiso social.


Santidad en las calles de nuestro mundo


      En primer lugar, la santidad. Para promover la paz en el mundo y hacer de la ciudad terrena una ciudad “serenísima” (alusión al título que tenía Venecia), los cristianos contamos con el Evangelio. “El Evangelio –subraya el Papa– es la fuerza más grande de transformación del mundo, pero no es una utopía ni una ideología” (Encuentro con el mundo de la cultura, del arte y de la economía, Venecia, 8-V-2011). Exige la caridad y la cruz, no sólo en circunstancias heroicas sino en la vida ordinaria; también en medio de una “cultura líquida” como parece la actual –por sus características de volubilidad, inconsistencia y relatividad–, en terminología del filósofo polaco contemporáneo Zygmunt Bauman.


      Como predicó Benedicto XVI en la multitudinaria Misa de Mestre, el Evangelio implica “una existencia vivida intensamente en las calles de nuestro mundo” que manifieste “la esperanza cristiana al hombre moderno, agobiado por grandes e inquietantes problemáticas que ponen en crisis los cimientos mismos de su ser y actuar” (8-V-2011).

      También el mismo día, en la Basílica de San Marcos (Venecia) afirmaba como un eco del Concilio Vaticano II: “La ‘santidad’ no quiere decir hacer cosas extraordinarias, sino seguir todos los días la voluntad de Dios, vivir verdaderamente bien la propia vocación, con la ayuda de la oración, de la Palabra de Dios, de los Sacramentos y con el compromiso cotidiano de la coherencia. Sí, son necesarios fieles laicos fascinados con el ideal de ‘santidad’, para construir una sociedad digna del hombre, una civilización de amor”.

      Esto mismo lo recogía en un mensaje a la Acción Católica, firmado el 6 de mayo: “Es necesario hacer del término ‘santidad’ un palabra común, no excepcional, que no designe sólo a estados heroicos de vida cristiana, sino que indique en la realidad de todos los días, una respuesta decidida y una disponibilidad a la acción del Espíritu Santo”.



Hacer de la vida un don a Dios y los demás


      Segundo punto. La santidad pide poner la presencia del Señor en la Eucaristía como centro del vivir cristiano. “La suya es una presencia dinámica, que nos aferra para hacernos suyos, para asimilarnos a Él. Cristo nos atrae a sí, nos hace salir de nosotros mismos para hacer de nosotros una sola cosa con Él. De este modo, Él nos introduce en la comunidad de los hermanos: la comunión con el Señor es siempre la comunión con los demás. Por este motivo, nuestra vida espiritual depende esencialmente de la Eucaristía. Sin ella, la fe y la esperanza se apagan, la caridad se enfría” (Discurso en la Basílica de San Marcos, Venecia, 8-V-2011).


      Por tanto, la coherencia de los cristianos pide “vivir nuestra existencia en la lógica eucarística, como don a Dios y a los demás” (Homilía en la Misa de Mestre, 8-V-2011); es decir, una vida de adoración y culto a Dios que sea al mismo tiempo de caridad con todos; una auténtica oración que se traduzca en el compromiso social, especialmente con los pobres y necesitados:

      “La misión prioritaria que el Señor os confía hoy, renovados por el encuentro personal con Él, es la de dar testimonio del amor de Dios por el hombre. Sois llamados a hacerlo ante todo con las obras de amor y con las decisiones de vida a favor de las personas concretas, a partir de las más débiles, frágiles, indefensas, que no se valen por sí mismas, como los pobres, los ancianos, los enfermos, los discapacitados, aquellos a quien san Pablo llama las partes más débiles del cuerpo eclesial (cfr 1 Co 12,15-27)” (Discurso en la Basílica de Aquileya, 7-V-2011).


Colaborar amablemente en la transformación de la sociedad


      Tercer punto: la vida cristiana pide un compromiso social, como consecuencia del encuentro con Cristo. Es actualmente una vida “contracorriente”, contra la corriente del hedonismo y el materialismo consumista: “No tengáis miedo de ir contracorriente para encontraros con Jesús, de mirar hacia lo alto para encontrar su mirada” (Discurso en la Basílica de San Marcos, Venecia, 8-V-2011). No se trata, pues, de una actitud negativa, huidiza o pesimista; al contrario, vivir bajo la mirada de Cristo ­–en unión con Él por la oración y los sacramentos– lleva a respetar, purificar y enriquecer todo lo verdaderamente humano, como hicieron y vivieron los primeros cristianos:


      “Estais llamados a vivir con esa actitud llena de fe que se describe en la Carta a Diogneto: no reneguéis nada del Evangelio en el que creéis, sino estad en medio de los demás hombres con simpatía, comunicando en vuestro propio estilo de vida ese humanismo que hunde sus raíces en el cristianismo, dirigidos a construir junto a todos los hombres de buena voluntad una ‘ciudad’ más humana, más justa y solidaria” (Basílica de Aquileia, 7-V-2011). 





"¿Quién detendrá la lluvia en mí?..."
(Maná)

      Por eso los cristianos tienen el “compromiso de suscitar una nueva generación de hombres y mujeres capaces de asumir responsabilidades directas en los diversos ámbitos de la sociedad, de modo particular en el político. Éste tiene necesidad más que nunca de ver personas, sobre todo jóvenes, capaces de edificar una ‘vida buena’ a favor y al servicio de todos. De este compromiso, de hecho, no pueden sustraerse los cristianos, que son ciertamente peregrinos hacia el Cielo, pero que viven ya aquí un anticipo de eternidad”.

      En conclusión, la santidad, centrada en la Eucaristía; la Eucaristía prolongada en medio del mundo, en los trabajos, en las familias y en las calles, en el servicio al bien común. ¿No es éste un programa exigente, pero factible y fascinante?


(Publicado en www.cope.es, 12-V-2011)


viernes, 13 de mayo de 2011

Dos ciudades

(La Pascua, camino de libertad)




Matthias Grünewald, Cristo resucitado (1512-1516)
Retablo del altar de Isenheim, Museo de Unterlinden, Colmar (Francia)

Los cristianos estamos llamados a vivir la Pascua como "paso" de una vida en esclavitud a una vida en libertad



Una pesadilla y dos historias reales

Imaginemos que somos un grupo de personas que estamos en un campo de concentración. Nos han arrancado de nuestras familias y de nuestra tierra. Nos han quitado todo, también nuestra dignidad, y nuestra vida pende de un hilo. Ahora viene un grupo de nuestros guardianes o carceleros, y burlándose nos dicen: “¡Eh, vosotros! ¡Aquí tenéis una guitarra! ¡Cantadnos alguna canción de vuestra tierra para divertirnos un rato!” Podemos suponer cuáles serían nuestros sentimientos.

      Una situación parecida se recoge en el salmo 136. Es un reflejo de la tragedia que vivieron aquellos judíos deportados a Babilonia, después de la destrucción de Jerusalén en el año 586 a. C. La ciudad santa pervivía en el corazón de los desterrados. En esta otra ciudad sus manos estaban ahora paralizadas por el dolor. Las cítaras, colgadas de los sauces. Su lengua se les pegaba al paladar, sólo con pensar en entonar aquellas canciones entrañables, que les recordaban las cosas más queridas, para dar un “espectáculo divertido” a sus verdugos.




Eduard Bendemann, Los judíos afligidos en el exilio (h. 1832)


      Todo esto lo señalaba Benedicto XVI en una de sus audiencias, al principio de su pontificado (30-XI-2005). Y el Papa alemán observaba: “Es casi la anticipación simbólica de los campos de concentración, en los que el pueblo judío —en el siglo que acaba de concluir— sufrió una operación infame de muerte, que ha quedado como una vergüenza indeleble en la historia de la humanidad”.


 Internos en el campo de concentración de Auschwitz

 

También entre los "otros" hay llamados a ser santos

      Evocaba el Papa a San Agustín, que comenta este salmo pensando en la nueva Jerusalén que es Cristo y en Babilonia como representante de los no creyentes. El santo doctor se fija en algo sorprendente. No todos en Babilonia son malos redomados. “Esta ciudad que se llama Babilonia también tiene personas que, impulsadas por el amor a ella, se esfuerzan por garantizar la paz —la paz temporal—, sin alimentar en su corazón otra esperanza, más aún, poniendo en esto toda su alegría, sin buscar nada más. Y vemos que se esfuerzan al máximo por ser útiles a la sociedad terrena. Ahora bien, si se comprometen con conciencia pura en este esfuerzo, Dios no permitirá que perezcan con Babilonia, pues los ha predestinado a ser ciudadanos de Jerusalén, pero con tal de que, viviendo en Babilonia, no tengan su soberbia, su lujo caduco y su irritante arrogancia. (...) Ve su esclavitud y les mostrará la otra ciudad, por la que deben suspirar verdaderamente y hacia la cual deben dirigir todo esfuerzo" (Exposición sobre los salmos, 136, 2).

      Y Benedicto XVI traducía para hoy esa enseñanza, pensando en muchos que no conocen a Cristo, pero “llevan en sí mismos una chispa de deseo de algo desconocido, de algo más grande, de algo trascendente, de una verdadera redención”.

      Respecto a los cristianos, dice Agustín: “"Si somos ciudadanos de Jerusalén, (...) y debemos vivir en esta tierra, en la confusión del mundo presente, en esta Babilonia, donde no vivimos como ciudadanos sino como prisioneros, es necesario que no sólo cantemos lo que dice el Salmo, sino que también lo vivamos: esto se hace con una aspiración profunda del corazón, plena y religiosamente deseoso de la ciudad eterna" (ibid.). 


Los cristianos no nos evadimos del mundo

      Durante la octava de Pascua, el pasado 27 de abril, el Papa ha explicado que la resurrección de Jesucristo nos introduce a los cristianos, por el Bautismo, en una vida nueva: “Una nueva condición del ser hombres, que ilumina y trasforma nuestro camino de cada día y abre un futuro cualitativamente diverso y nuevo para la humanidad entera”.

      Como consecuencia, San Pablo nos exhorta a “buscar las cosas de arriba…, no las de la tierra” (cf. Col 3, 1-2).

      “A primera vista –advierte Benedicto XVI– podría parecer que el Apóstol intenta favorecer el desprecio de las realidades terrenas, invitando a olvidarse de este mundo de sufrimientos, de injusticias, de pecados, para vivir anticipadamente en un paraíso celestial. El pensamiento del ‘cielo’ sería en tal caso una especie de alienación”.

      Pero si se sigue leyendo, se descubre cuáles son “las cosas de la tierra” que hay que evitar: “la impureza, la inmoralidad, las pasiones, los malos deseos y la codicia, que es una idolatría” (Ibid, 5-6). Resume el Papa: “el deseo insaciable de bienes materiales, el egoísmo, raíz de todo pecado”. Mientras que “las cosas de arriba” son las actitudes y los sentimientos de Cristo: “sentimientos de ternura, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de magnanimidad, soportándoos unos a otros y perdonándoos unos a los otros (…) Pero sobre todo revestíos de la caridad que os une de modo perfecto” (Ibid, 12-14).

      Por tanto, deduce Benedicto XVI, “San Pablo está bien lejos de invitar a los cristianos, a cada uno de nosotros, a evadirse del mundo en el que Dios nos ha puesto.

     A continuación enlaza el Papa con la idea agustiniana de las dos ciudades: “Es verdad que somos ciudadanos de otra ‘ciudad’, donde se encuentra nuestra verdadera patria, pero el camino hacia esta meta debemos recorrerlo cotidianamente en esta tierra. Participando desde ahora en la vida de Cristo resucitado, debemos vivir como hombres nuevos en este mundo, en el corazón de la ciudad terrena”.  

  
La Pascua, camino de libertad

     Y añade: este es el camino, “no sólo para trasformarnos a nosotros mismos, sino para transformar el mundo, para darle a la ciudad terrena un rostro nuevo que favorezca el desarrollo del hombre y de de la sociedad según la lógica de la solidaridad, de la bondad, en el profundo respeto de la dignidad propia de cada uno”. Todo ello lo lograremos si cultivamos las virtudes cristianas (las “cosas de arriba”), presididas y vivificadas por la caridad. Así los cristianos estamos llamados a vivir la Pascua, como “paso” de una vida en la esclavitud a una vida de libertad, animada por el amor. “Cada cristiano, así como cada comunidad, si vive la experiencia de este paso de resurrección, será necesariamente fermento nuevo en el mundo, dándose sin reservas por las causas más urgentes y más justas, como demuestran los santos de toda época y lugar”.

      En definitiva, el programa que la Pascua propone a los cristianos es la autenticidad y coherencia que lleva a preocuparse de los sufrimientos, de las injusticias y de los pecados que hay en este mundo; a vivificar los valores auténticamente humanos por medio de la caridad; y atender a ese anhelo de lo desconocido y eterno que se observa con frecuencia en los no creyentes. En la ciudad terrena hay muchas cosas buenas que aprovechar y por las que trabajar, viviendo ya unidos a Cristo, con la mirada en el Cielo. 

(publicado en www.religionconfidencial.com, 12-V-2011) 

lunes, 2 de mayo de 2011

Vivir como proyecto


En todas las épocas –no sólo en el romanticismo– la vida posee un valor inigualable. Y quien la posterga o la niega –sea en nombre de la pura razón o de una conveniencia social juzgada según los intereses de algunos–, deja de conducirse como un ser humano. Este valor de la vida se muestra especialmente en la resurrección de Cristo, hecho (histórico y que a la vez sobrepasa la historia o el tiempo) central del cristianismo.

      En cambio, desde hace décadas está de moda la “reencarnación”, creencia que viene de oriente y que ha encontrado eco en muchos aspectos de la cultura, como la música popular. A la muerte de Dalí, cantaba el grupo Mecano: “Si te reencarnas en cosa, hazlo en lápiz o en pincel”. Aunque ajena al cristianismo, la reencarnación refleja el anhelo de un vivir posterior a la vida actual de cada uno, o, si se prefiere, la resistencia a morir; porque, en el fondo, todos querríamos seguir viviendo, y amar a alguien significa decirle: no quiero que mueras. ¿Pero en qué condiciones? Esta pregunta se la hacía ya Benedicto XVI en su encíclica Spe salvi, a propósito de la esperanza cristiana.

      Cuando Ulises necesitaba una ayuda para escapar de los lazos insidiosos de la maga Circe –que había convertido en cerdos a varios de sus soldados–, se encontró con Hermes, que le dio una hierba medicinal llamada “moly”, con la que pudo evitar el encantamiento. Los Padres de la Iglesia veían en ese relato una alusión a la vida cristiana, y especialmente a la Eucaristía, que nos da la vida de Cristo. En efecto, la vida de Cristo es la única que nos rescata de las alienaciones en que con frecuencia podemos caer en nuestro viaje.

      En la vigilia pascual del Sábado Santo de 2010, el Papa tocaba de nuevo el gran tema de la vida, tan propio de la Pascua. Y se preguntaba qué ocurriría si los hombres descubriéramos eso mismo, una “hierba medicinal contra la muerte” que la evitara o al menos la retrasara varios cientos de años: ¿sería bueno? Entre otras cosas, “la humanidad envejecería de manera extraordinaria, y ya no habría espacio para la juventud”; también “se apagaría la capacidad de innovación”, de modo que “una vida interminable, en vez de un paraíso, sería más bien una condena”.

      Algo nos dice que esa no es la vida o la “supervida” que anhelamos. No deseamos sencillamente la prolongación indefinida de nuestra vida actual, sino una transformación de nuestra vida que llevara a “crear en nosotros una vida nueva, verdaderamente capaz de eternidad, transformarnos de tal manera que no se acabara con la muerte, sino que comenzara en plenitud sólo con ella”.

      Pues bien, he aquí que esa “medicina de inmortalidad” existe: es el Evangelio de Jesucristo, con toda su novedad y emoción. “Esta medicina –señalaba Benedicto XVI– se nos da en el Bautismo. Una vida nueva comienza en nosotros, una vida nueva que madura en la fe y que no es truncada con la muerte de la antigua vida, sino que sólo entonces sale plenamente a la luz”.

      ¿Pero cómo es posible esto?, “¿cómo se desarrolla esta transformación de la vieja vida, de modo que se forme en ella la vida nueva que no conoce la muerte?” Para explicar este proceso citaba el Papa un antiguo escrito judío, según el cual “Henoc fue arrebatado por Dios hasta su trono. Pero él se asustó ante las gloriosas potestades angélicas y, en su debilidad humana, no pudo contemplar el rostro de Dios. «Entonces –prosigue el libro de Henoc– Dios dijo a Miguel: ‘Toma a Henoc y quítale sus ropas terrenas. Úngelo con óleo suave y revístelo con vestiduras de gloria’. Y Miguel quitó mis vestidos, me ungió con óleo suave, y este óleo era más que una luz radiante... Su esplendor se parecía a los rayos del sol. Cuando me miré, me di cuenta de que era como uno de los seres gloriosos”.

      A partir de ahí exponía Benedicto XVI cómo en el Bautismo cristiano se nos aplica la “vida” misma que procede de Cristo resucitado. Se nos “reviste” de Cristo, “de modo que podamos comparecer en presencia de Dios y vivir siempre con Él”. Esto implica rechazar el pecado, que es la causa de la muerte, según la Biblia. El pecado en todos los tiempos ha venido envuelto en la cultura que promueve la adoración del poder, la codicia, la mentira y la crueldad. Por eso el Bautismo ha sido visto desde los primeros tiempos como “un acto de liberación respecto a la imposición de una forma de vida que se presentaba como placer y que, sin embargo, impulsaba a la destrucción de lo mejor que tiene el hombre”.

      La imagen es muy clara: hoy también hemos de quitarnos las “viejas vestiduras” de la muerte y de la oscuridad, que nos impiden estar ante Dios. Es preciso rechazar lo que San Pablo llama las “obras de la carne” (los pecados) y abrazar los “frutos del Espíritu” (los actos de virtud, las obras buenas). Los bautizados se volvían hacia el oriente, símbolo de la nueva vida y la nueva luz de Cristo. Por eso al salir de las aguas bautismales se les revestía de blanco y se les entregaba una vela encendida. “Habían obtenido el fármaco de la inmortalidad, que en el momento de recibir la santa comunión, tomaba plenamente forma”.

      Todo esto es lo que encierra la palabra “Aleluya”: con la resurrección de Cristo tenemos la verdadera vida, la verdadera medicina de inmortalidad. He aquí la lección: la vida plena sólo puede obtenerse en unión con Cristo. Lejos de Cristo, la vida se termina y se acaba definitivamente con la muerte. En cambio, quien permanece fiel a Cristo y vive realmente con Él (principalmente mediante los sacramentos), participa, ya ahora, de la plenitud de su vida, que no puede ser vencida por la muerte. Y tiene que dar testimonio de esa vida necesariamente caracterizada por la alegría, la difusión del bien, la preocupación efectiva –en lo material y espiritual– por los demás. Este es el mensaje pascual: una vida “vivida” como proyecto de plenitud.

      Esa vida precisa un esfuerzo de coherencia: “Seremos verdaderamente y hasta el fondo testigos de Jesús resucitado –diría el Papa días después en la octava de Pascua– cuando dejemos trasparentar en nosotros el prodigio de su amor: cuando en nuestras palabras y, aún más, en nuestros gestos, en plena coherencia con el Evangelio, se pueda reconocer la voz y la mano del mismo Jesús”.


(una primera versión fue publicada en www.cope.es, 16-IV-2010)

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