sábado, 30 de abril de 2011

La "revolución" de Juan Pablo II


En su encíclica sobre Cristo, Redentor del hombre (Redemptor hominis, 1979), centro del cosmos y de la historia, Juan Pablo II exponía lo que sería su programa: guiar a la Iglesia hasta traspasar el segundo milenio, en continuidad con la herencia de los pontificados de Juan XXIII y Pablo VI, cuyos nombres reunió el nuevo Papa en el suyo. Esa “herencia” se condensa, por así decir, en la puesta en marcha, realización y aplicación del Concilio Vaticano II. La aplicación del Concilio Vaticano II sigue siendo la gran tarea que la Iglesia y todos los cristianos en ella tenemos por delante, como servicio a nuestro mundo.

     Aplicar el Vaticano II significa no sólo darlo a conocer como punto de llegada, en la literalidad de sus textos y planteamientos, sino también como punto de partida para la renovación querida por el Concilio mismo. Allí la Iglesia expresó su autoconciencia sobre su identidad y su misión: servir, durante la historia, de signo e instrumento (“sacramento”) de Dios para ofrecer un diálogo de salvación a todo aquél que quiera escuchar el mensaje del Evangelio. 



Juan Pablo II y los jóvenes (Alberto Michelini)



El “programa” de Juan Pablo II


     En ese marco se situaban los trazos fundamentales del “programa” de Juan Pablo II: desarrollar las implicaciones de la colegialidad de los obispos en unión con el Romano Pontífice, y hacer más conscientes a todos los cristianos de su responsabilidad en lo que a partir de los años ochenta llamaría la “nueva evangelización”; impulsar la unidad de los cristianos como tarea en la que también todos, de una manera u otra están llamados a colaborar; continuar con el diálogo con las “religiones” y defender la paz y los Derechos humanos; relacionar más estrechamente la fe y la ciencia; y anunciar la Buena Noticia, única que puede liberar a los hombres de nuestro tiempo de sus miedos y angustias, también ante una posible autodestrucción…

     Pero ¿cómo, se preguntaba el Papa, llevar a cabo esas tareas? Y respondió siempre: dirigiendo la mirada al Misterio de Cristo, tratando de escuchar siempre de nuevo sus palabras, y reconstruir cada detalle de su vida en torno a la Eucaristía, fuente de vida, santidad y fuerza para la Iglesia. Ella recorre con Cristo “el camino del hombre”, es decir: se adentra en su corazón, le descubre el sentido de su vida personal y familiar, de su trabajo y de su dolor; le asegura que el amor es más grande que las heridas que deja el pecado en las personas y en la sociedad; le invita a recorrer el camino del hijo pródigo hasta el abrazo con el Padre en el sacramento de la Penitencia. Y a todos los cristianos les hace participar de la triple misión de Cristo: anunciar la Verdad plena, celebrar el culto, servir a la justicia y al amor. Para todo ello la Iglesia, y cada cristiano, necesita de una Madre: María.

     Juan Pablo II persiguió constantemente este programa, como norte de su tarea pastoral.


En el tercer milenio

     A partir de la celebración del Gran Jubileo, en la Carta apostólica Novo millennio ineunte (2001) señalaba las pautas que la Iglesia debe seguir al adentrarse en el tercer milenio: desde la contemplación del “rostro” de Cristo en unión con Él por la oración y la vida sacramental, los cristianos están llamados a dar testimonio de la Verdad y, como consecuencia, tranformar la historia. Con otras palabras, el conocimiento y el amor de Cristo es la principal luz e impulso para contribuir a cambiar efectivamente tantas cosas que han de cambiarse en la sociedad, si queremos edificar un mundo en el que Dios sea conocido y amado. Tal es la única garantía de éxito para el hombre, según la célebre expresión de San Ireneo: Gloria Dei, vivens homo: la gloria de Dios es la vida del hombre.

     En esa trayectoria pastoral de Juan Pablo II se inscriben sus últimos documentos doctrinales: la Carta sobre el Rosario de la Virgen María (2001), su encíclica acerca de la Iglesia que vive de la Eucaristía (Ecclesia de Eucharistia, 2003) y la Carta con motivo del Año de la Eucaristía (Mane nobiscum Domine, 2004). Ésta última puede considerarse como fruto y síntesis de un camino de madurez, recorrido, antes que nada, por el mismo Pontífice en su vida espiritual.


La Eucaristía: Dios se queda con nosotros

     En ese texto el Papa presentaba la Eucaristía como misterio de fe y de luz, y como signo e instrumento de Comunión, en las diversas dimensiones de su verdad profunda: banquete en el que Cristo se entrega como fruto del sacrificio sacramental que actualiza su muerte y resurrección, y del que también se deriva su presencia entre los hombres. Con una sencilla y profunda pedagogía, la Eucaristía aparece como proyecto de misión que cada cristiano está llamado a asumir: hacer propio del modo de ser de Jesús y sus actitudes de agradecimiento al Padre por sus dones, y de entrega generosa a sus hermanos. La Eucaristía se convierte así en el “corazón” de la vida, para la Iglesia y cada cristiano. En el secreto para dar un testimonio coherente, y lleno de fuerza, del amor de Dios. Y todo ello en el horizonte de la vida cotidiana, “donde se trabaja y se vive –en la familia, la escuela, la fábrica y en las diversas condiciones de vida–“ (n. 26).


Juan Pablo II, amigo


     Juan Pablo II se dirigía siempre a todos y a cada uno, no sólo a los cristianos, ni siquiera al ámbito mucho más amplio de los creyentes. Hace años, al final de una distendida tertulia con un grupo numeroso de universitarios que habían acudido a Roma con motivo de la Semana Santa, les animaba a volver a su trabajo, y recordar que cada persona lleva en sí su misterio y su dolor. Consciente de pulsar las fibras más delicadas del misterio de la existencia humana, este gran Papa dedicó una atención particular a los jóvenes, a la familia y a los más débiles: los pobres y los enfermos, los niños y los ancianos. Su misma vida sólo se entiende desde el misterio de su identificación con Cristo.


Dar gloria a Dios por el amor

     En su último libro, Memoria e identidad, hay como una síntesis de su enseñanza acerca de la relación entre el hombre, Dios y el mundo: “Se podría decir, parafraseando a San Ireneo: Gloria Dei, mundus secundum amorem Dei ab homine excultus, la gloria de Dios es el mundo perfeccionado por el hombre según el amor de Dios”. La verdadera vida del hombre –ya hemos recordado a San Ireneo‑ está en la gloria de Dios. Al mismo tiempo, parece decir Juan Pablo II, la gloria de Dios depende del “cultivo” –término que remite a un trabajo enraizado en el “culto”, y que también implica “cultura”‑ que el hombre hace del mundo. La condición es que lo realice “según el amor de Dios”, participando de ese amor, por la obra de Cristo y la acción del Espíritu Santo.

     Para Juan Pablo II, el cristiano es alguien que vive la vida de Cristo y la comunica con la coherencia de su conducta y también con sus palabras. La vida ordinaria debe estar llena de Dios, sin conformarse con “ir tirando” mediocremente, pues la santidad es la vocación de todos. Una santidad que comienza por la transformación de la propia existencia a imagen de Cristo, y que se manifiesta en el servicio y en el compromiso para cambiar –en lo que depende de cada uno– tantas cosas pequeñas y grandes. La “revolución” cristiana –la mayor de todos los tiempos– sólo es posible desde la oración, pero es necesaria. Aquí se centra la “nueva evangelización” a la que Juan Pablo II nos convocó con el testimonio de su vida.


(Publicado en "La Razón", 15-IV-2005) 

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Hasta siempre, Juan Pablo II (Aciprensa)

miércoles, 27 de abril de 2011

El domingo, la razón y la libertad

M. Chagall, Le Dimanche (1953)

La religión se sitúa en el origen, en el centro y en el desarrollo de toda auténtica cultura

¿Qué tiene que ver el domingo, con la razón y la libertad? Pues tiene todo que ver, porque el domingo celebramos que Dios –el mismo que nos ha creado y que se ha hecho hombre para darnos la Vida verdadera– es el garante de la razón y de la libertad.

     La explicación de Benedicto XVI es diáfana. Dios ha creado el mundo y el hombre, y Cristo es el artífice de la nueva creación, al liberarnos del pecado y su principal consecuencia: la muerte definitiva.

     El relato bíblico de la creación termina con el sábado, diciendo pedagógicamente que en el séptimo día Dios descansó, y por eso el hombre debe descansar y alabar a Dios en ese día. Así se expresa la Alianza del hombre con Dios. “Dios ha hecho el mundo para que exista un lugar donde pueda comunicar su amor y desde el que la respuesta de amor regrese a Él” (Homilía en la Vigilia Pascual, 23-IV-2011).

     Cristo resucita el primer día de la semana. Para los cristianos, desde la Iglesia naciente, el día más importante ya no será el último de la semana, sino el primero. Y por eso se comienza a celebrar la misa precisamente el “domingo”, que quiere decir “día del Señor”, invitando al encuentro con el Resucitado.

     La conexión del domingo con la creación la expresa San Juan en el prólogo de su Evangelio. Señala que desde toda la eternidad el Verbo era Dios y estaba con Dios, era el Logos, es decir, la Palabra, la Razón, el sentido de las cosas que serían creadas. Dios creó todo, según el Génesis, con su Palabra (“Y dijo Dios…”) y con su amor (“Y vio Dios que era bueno”). Su Razón es una Razón creadora y amorosa. Por eso dice el Papa: “El principio de todas las cosas es la Razón creadora, es el amor, es la libertad”.

      Y añade: “Si el hombre fuese solamente un producto casual de la evolución en algún lugar al margen del universo, su vida estaría privada de sentido o sería incluso un trastorno de la naturaleza”. Pero no procedemos de la irracionalidad, de la falta de libertad o de la casualidad, sino de la razón, de la libertad y del amor. “Y como de la libertad se puede hacer un uso inadecuado, existe también aquello que es contrario a la creación” (el mal, el pecado).

      Pero la creación sigue siendo buena, la vida sigue siendo buena y “es bueno ser una persona humana”. Y con Cristo podemos superar el mal, recuperar el sentido de la vida humana y de su libertad.

     Podemos concluir que la religión no es un mero producto residual de la cultura, como cierta sociología reduccionista parece defender. Al contrario, la religión se sitúa en el origen, en el centro y en el desarrollo de toda auténtica cultura. Y de ello es signo el domingo.

     De esta forma, si alguien nos preguntara: ¿Por qué vas a misa el domingo? ¿Qué sentido tiene el domingo? Una respuesta sencilla y profunda, muy adecuada al momento actual, a sus crisis y problemas, sería ésta, en términos del Papa: “Lo celebramos porque ahora, gracias al Resucitado, se manifiesta definitivamente que la razón es más fuerte que la irracionalidad, la verdad más fuerte que la mentira, el amor más fuerte que la muerte”.

(publicado en www.analisisdigital.com, 27-IV-2011)



Icono de la Anástasis
Iglesia del Redentor, de Chora (Kariye Cami),
Estambul (Constantinopla), hacia 1310

Abrirse y abrir el mundo a Dios

Cristo y San Pedro en el lago (Centro Aletti, Roma)

Con los sacramentos, comenzando por el Bautismo, “Dios está buscándome –decía Benedicto XVI el Jueves Santo, en la misa crismal, invitando a acompañarle en su reflexión–. ¿Quiero reconocerlo? ¿Quiero que me conozca, que me encuentre?”. Y es que “Dios ama a los hombres. Sale al encuentro de la inquietud de nuestro corazón, de la inquietud de nuestro preguntar y buscar, con la inquietud de su mismo corazón, que lo induce a cumplir por nosotros el gesto extremo”, su entrega en la Cruz por amor. Por eso, “no se debe apagar en nosotros la inquietud en relación con Dios, el estar en camino hacia Él, para conocerlo mejor, para amarlo mejor”.

      Pero –se preguntaba el Papa– “¿es auténtica nuestra inquietud por Él? ¿No nos hemos resignado, tal vez, a su ausencia y tratamos de ser autosuficientes?”

      El día anterior se había referido a la “somnolencia” de los apóstoles en Getsemaní. Atención, porque no se trata de los no creyentes, sino de nosotros, los cristianos. Se trata de una “insensibilidad hacia la presencia de Dios que nos hace insensibles también hacia el mal. No escuchamos a Dios –nos molestaría– y así no escuchamos, naturalmente, tampoco la fuerza del mal, y nos quedamos en el camino de nuestra comodidad”. 

      Así parece que nos hemos contagiado de ese mal que es, según Benedicto XVI, el “drama de la humanidad”: pensar que la voluntad de Dios nos esclaviza, cuando, al contrario, es lo que nos permite entrar la verdad y en el amor, en el bien.

      Continuaba el Jueves Santo por la mañana diciendo que los cristianos son “un pueblo sacerdotal para el mundo”; y que, por tanto, “deberían hacer visible en el mundo al Dios vivo, testimoniarlo y llevarle a Él”. Ahora bien, volvía a preguntarse y preguntarnos: “¿Somos (los cristianos) verdaderamente el santuario de Dios en el mundo y para el mundo? ¿Abrimos a los hombres el acceso a Dios o, por el contrario, se lo escondemos? Nosotros –el Pueblo de Dios– ¿acaso no nos hemos convertido en un pueblo de incredulidad y de lejanía de Dios? ¿No es verdad que el Occidente, que los países centrales del cristianismo están cansados de su fe y, aburridos de su propia historia y cultura, ya no quieren conocer la fe en Jesucristo?”

      Ya en la homilía de la tarde, completaba la descripción de los síntomas (insensibilidad y somnolencia, incredulidad, cansancio y aburrimiento, desinterés por Dios y por los demás, indiferencia, distracción) y confirmaba el diagnóstico: como aquellos invitados al banquete de bodas, de que habla el Evangelio, nos falta el traje del amor. “La comunión eucarística exige la fe, pero la fe requiere el amor, de lo contrario también como fe está muerta”.

      La curación sólo puede venir, por tanto, del amor. Y el amor sólo podemos tenerlo en la medida de nuestra unión con Dios –condición primera, que pasa por el sacramento de la Confesión– y con los demás. 

      Cuatro veces rezó el Señor en su oración sacerdotal por la unidad de los discípulos. Y señala Benedicto XVI: “Esta unidad no es algo solamente interior, místico. Se ha de hacer visible, tan visible que constituya para el mundo la prueba de la misión de Jesús por parte del Padre”. Es una unidad que nace de la Eucaristía y que se llama Iglesia. Se manifiesta visiblemente cuando celebramos la misa en unión con el Papa y el Obispo. Es una unidad que nos abre a la unión con Dios y, a través de Él, con los demás. En la Eucaristía, el Señor “nos abre a cada uno más allá de sí mismo”, “nos hace uno entre todos nosotros”. Por eso, “la Eucaristía es el misterio de la íntima cercanía y comunión de cada uno con el Señor. Y, al mismo tiempo, es la unión visible entre todos”.

      Con la fe y el amor –concluía el Papa– se puede vencer la tentación del miedo, como le sucedió a Pedro al caminar sobre las aguas hacia el Señor; se puede comprender que Dios haya querido unirse “a las limitaciones de su Iglesia y sus ministros”; se puede “aceptar que no tenga poder en el mundo”; se pueden vencer los pretextos cuando nuestro pertenecer a él se hace costoso o peligroso. Pero para todo eso, necesitamos la conversión y la humildad. La Semana Santa y la Pascua son una ocasión de oro. 

(publicado en www.cope.es, 25-IV-2011)

domingo, 24 de abril de 2011

Hablar con la vida

M. Chagall, Aparición de la familia del artista (1947)


En uno de los documentos quizá más importantes y extensos de su pontificado (exhortación “Verbum Domini”, sobre la Palabra de Dios en la vida y la misión de la Iglesia, 30-IX-2010), Benedicto XVI ha dicho que la interpretación más completa de la Biblia es el Evangelio vivido en plenitud, como han hecho los santos: “La interpretación más profunda de la Escritura proviene precisamente de los que se han dejado plasmar por la Palabra de Dios a través de la escucha, la lectura y la meditación asidua” (n. 48).

     De hecho –añade el Papa– las grandes espiritualidades que han marcado la historia de la Iglesia han surgido “de una explícita referencia a la Escritura”; Y “cada santo es como un rayo de luz que sale de la Palabra de Dios”. Así han servido a esta Palabra haciéndola vida, y, al mismo tiempo, han prestado a sus contemporáneos el mejor servicio: llevarles a Dios.

     Lo señaló de nuevo en un discurso al Pontificio Consejo de la Cultura (13-XI-2010), a propósito del lenguaje requerido por la nueva evangelización. Ciertamente, el arte y la imagen –evocaba la consagración de la basílica de la Sagrada Familia, en Barcelona– son lenguajes incisivos, aptos para transmitir la fe. Pero más aún lo es “la belleza de la vida cristiana”. Y el motivo es claro: “Al final, sólo el amor es digno de fe y resulta creíble. La vida de los santos, de los mártires, muestra una singular belleza que fascina y atrae, porque una vida cristiana vivida en plenitud habla sin palabras”. Por eso “necesitamos hombres y mujeres que hablen con su vida, que sepan comunicar el Evangelio, con claridad y valor, con la transparencia de las acciones, con la pasión gloriosa de la caridad”.

    En efecto. Cuando los cristianos escuchan la Palabra de Dios –sobre todo en la oración y en la liturgia– y la llevan a la práctica, convierten su vida en una obra de arte, una alabanza a Dios hecha vida y un servicio espléndido a los demás, al mismo tiempo que contribuyen a construir el mundo: desde las familias y las profesiones, las actividades culturales y políticas, el ocio y el deporte, la salud y la enfermedad. Esa es la mejor imagen, la más significativa, la más fascinante y atractiva, porque es el reflejo auténtico de la Palabra hecha carne (Cristo) en la vida de los suyos.

     Así ha sucedido con Jutta Burggraf († 5-XI-2010). Ella lo hacía con su tarea pedagógica y teológica. Lo enseñaba día a día con sus clases y conferencias, con libros como “Conocerse y comprenderse, una introducción al ecumenismo” y “Libertad vivida con la fuerza de la fe”. Pero, ante todo, lo enseñó con su vida hasta el final, iluminando los caminos de la tierra con la luminaria de la fe y del amor (cf. San Josemaría Escrivá, Camino, n. 1). 

(publicado en www.cope.es, 16-XI-2010)

viernes, 22 de abril de 2011

El signo de la Cruz


El Greco, Crucifixión (1596-1600)
(agrandar la imagen)

Periódicamente rebrota en nuestra Europa laicista el intento de eliminar la cruz de los ámbitos públicos. Se argumenta con el derecho a la libertad religiosa, que no debería privilegiar un signo de una religión particular en los espacios que pertenecen a todos, y donde los miembros de otras religiones, o de ninguna, pueden sentirse o dicen a veces sentirse molestos. Parece que hay un interés particular en quitar el crucifijo de las escuelas, como si se temiera un “adoctrinamiento” pernicioso y subliminal de los niños y de los jóvenes.


La cruz representa nuestra cultura

      Sin embargo la cruz está presente en la cultura europea y americana, y en otras culturas, desde hace muchos siglos. Quien quisiera arrinconarla, tendría que renunciar a todo lo que ella significa, quiera o no. Tendría que tapar y acallar tantas obras de arte y signos de cultura, que se quedaría prácticamente con nada. La cruz está no sólo en las iglesias sino también en caminos, fiestas e instituciones, expresiones linguísticas y hasta en el trasfondo del calendario por el que nos regimos: ¿qué significa contar el tiempo antes y después de Cristo? ¿Qué significa que las semanas se dividan por los “domingos”?

     Por lo demás, la cruz no es el único símbolo religioso y cultural que es común encontrar en la vida civil, dependiendo de los lugares. En muchos países abundan los símbolos propios de las religiones que están en el corazón de sus culturas. Y esto es natural, porque entre religión y cultura hay una estrecha relación. Y quien pretende suprimir las manifestaciones de la religión en la cultura, acaba por imponer la dictadura de su propia religión o visión irreligiosa de la vida, que puede llegar a ser terrible como la historia reciente enseña.

      ¿A quién puede molestarle la cruz? A quién no conozca su significado o lo rechace por motivos ideológicos. La cruz es signo de paz y reconciliación. Su palo vertical recuerda la dimensión trascendente del hombre (que no es sólo un amasijo de moléculas, porque tiene alma); y su palo horizontal representa la dimensión terrena de la persona, que se extiende desde el centro para abarcar a todos los pueblos, razas y culturas. La cruz es signo de totalidad, plenitud y solidaridad, fuente de verdadera fortaleza, serenidad y consuelo. En nombre de la cruz se hace diariamente el bien a millones de personas en el mundo. La cruz no puede –no debe– ser esgrimida contra nada ni contra nadie; y si esto sucedió en la historia, fue por una equivocación y un olvido de Aquel que dio a la cruz su más pleno significado. Porque la cruz no la inventaron los cristianos. Pero por los cristianos ha venido a representar en nuestros días el mayor anhelo de los hombres: la unión y el perdón, los deseos de paz y reconciliación que alberga la familia humana.


La cruz es signo de esperanza

      Ciertamente, para los cristianos, el crucifijo es signo de redención, esto es, de santidad, que es lo mismo que decir de la justicia que sólo Dios puede traer. Hacer “la señal de la cruz” es aceptar el orden exterior e interior querido por Dios (en la inteligencia, en la voluntad, en los sentimientos) e implorar que la bendición divina llene la vida y proteja a los hombres de los peligros que les acechan, a veces inventados por ellos mismos. En marzo de 2009, en la parroquia romana del Santo Rostro de Jesús, dijo Benedicto XVI que la cruz es “la altura del amor…, la altura de Jesús, y a esta altura nos atrae a todos”.

     Pero este significado cristiano no se impone a nadie. Sólo se ofrece libremente. Como un signo de que el mal –la codicia y la avaricia, las injusticias y las guerras, la discriminación de los más débiles y de los pobres– no tiene la última palabra. La cruz es como una indicación de que el dolor –físico o moral– no es un absurdo: una realidad que, si no pudiera quitarse o disminuirse, pretendería legitimar la supresión de quien dice no estar dispuesto a sufrirla, en carne propia o ajena.

     En último término, la cruz sugiere que la muerte puede ser fruto y consecuencia del amor (cosa que es así de hecho para muchas personas, también no cristianas). Que la muerte no es un punto final que, en el fondo, deja sin sentido la vida. Y a los desheredados de este mundo, que no han encontrado en él la justicia, la cruz les puede recordar que les queda aún la esperanza de una vida diferente, donde el amor no sea una palabra desgastada y manipulada.

     Así lo ha dicho Benedicto XVI al final del Via Crucis de este año: “La Cruz no es el signo de la victoria de la muerte, del pecado y del mal, sino el signo luminoso del amor, más aún, de la inmensidad del amor de Dios, de aquello que jamás habríamos podido pedir, imaginar o esperar: Dios se ha inclinado ante nosotros, se ha abajado hasta llegar al rincón más oscuro de nuestra vida para tendernos la mano y alzarnos hacia él, para llevarnos hasta él”.


      Signo del amor por cada uno y por todos, es también signo de la fe, que se ofrece libre y delicadamente, y semilla de una nueva esperanza: “La Cruz nos habla de la fe en el poder de este amor, nos invita a creer que en cada situación de nuestra vida, de la historia, del mundo, Dios es capaz de vencer la muerte, el pecado, el mal, y darnos una vida nueva, resucitada. En la muerte en cruz del Hijo de Dios, está la semilla de una nueva esperanza de vida, como el grano que muere dentro de la tierra”.


Una primera versión fue publicada
en www.religionconfidencial.com, 12-XI-2009,
y reproducida en el libro
"Al hilo de un pontificado: el gran 'sí' de Dios",
ed Eunsa, 2010

lunes, 18 de abril de 2011

Santidad en lo cotidiano

Campesino del Calendario de San Isidoro (León)

La santidad, a través del cristianismo, es la vocación de todas las personas, como declaró solemnemente el Concilio Vaticano II (cf. Lumen gentium, n. 11). La santidad es para todos los cristianos, nadie está excluido. No hay santidad “de primera” o “de segunda”, como las divisiones en el fútbol o las clases en los billetes de trenes o de aviones, porque no hay “clases” dentro de la santidad. No hay unos que deban ser santos en sentido propio y otros que hayan de conformarse con “ir tirando”, para aspirar, casi por casualidad, a colarse un día en el Cielo por la puerta de atrás. La santidad no es para unos pocos elegidos, porque ser cristiano es ya ser elegido siempre por Dios, como parte del designio divino cuyo centro es Cristo (cf. Ef 1, 4).

      ¿Pero cómo se compagina esto con la impresión que puede tener mucha gente, de que los santos eran gentes especiales, extraordinarias, que casi no pisaban el suelo, que no estaban hechas de carne y hueso?

      Lo ha dicho Benedicto XVI al concluir dos años de catequesis sobre los santos (13-IV-2011): “La santidad, la plenitud de la vida cristiana, no consiste en el realizar empresas extraordinarias, sino en la unión con Cristo, en el vivir sus misterios, en el hacer nuestras sus actitudes, sus pensamientos, sus comportamientos”. La santidad –ha explicado– no es otra cosa que el seguimiento y la unión con Cristo, dejar que Cristo tome plenamente la vida humana, hasta poder decir con San Pablo: “no vivo yo, es Cisto quien vive en mí” (Ga 2, 20), o con San Agustín: “Viva será mi vida llena de ti” (Confesiones, 10,28).

      ¿Podré hacerlo con mis fuerzas?, cabría preguntarse. La respuesta es clara, según el Papa: “Una vida santa no es fruto principalmente de nuestro esfuerzo, de nuestras acciones, porque es Dios, el tres veces Santo (cf. Is 6,3), que nos hace santos, y la acción del Espíritu Santo que nos anima desde nuestro interior, es la vida misma de Cristo Resucitado, que se nos ha comunicado y que nos transforma”.

      En realidad no se trata tanto de “hacer” sino de dejarse hacer por Dios, que nos santifica ya en el Bautismo (cf. Lumen gentium, 40). Somos transformados, observa Benedicto XVI, de tal manera que San Pablo acuña una nueva terminología, forjada con la preposición “con”: con-muertos, con-sepultados, con-resucitados, con-vivificados con Cristo. Esto quiere decir que nuestro destino está vinculado indisolublemente al suyo: morimos al pecado para resucitar con Él a una vida nueva (cf. Rm 6,4). “Pero –advierte el Papa– Dios respeta siempre nuestra libertad y pide que aceptemos este don y vivamos las exigencias que comporta, pide que nos dejemos transformar por la acción del Espíritu Santo, conformando nuestra voluntad a la voluntad de Dios”.

      En último término, “la santidad no es otra cosa que la caridad plenamente vivida”, es decir, el amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por amor a Él. ¿Y cómo hacer para que la caridad, como una buena semilla, crezca en el alma y fructifique?, ¿qué es lo más esencial?, se pregunta el Papa. Y contesta: “Me parece que esta es la verdadera sencillez y grandeza de la vida de santidad: el encuentro con el Resucitado el domingo; el contacto con Dios al principio y al final de la jornada; seguir, en las decisiones, las ‘señales del camino’ que Dios nos ha comunicado (los Mandamientos), que son sólo formas de la caridad”.

      De ahí por qué la caridad es el signo distintivo del verdadero discípulo de Cristo. Porque la caridad “es la verdadera sencillez, grandeza y profundidad de la vida cristiana, del ser santos”. Lo confirma con las palabras sorprendentes de San Agustín: “Ama y haz lo que quieras”. Y explica el santo de Hipona: “Si callas, calla por amor; si hablas, habla por amor, si corriges, corrige por amor, si perdonas, perdona por amor, que esté en ti la raíz del amor, porque de esta raíz no puede salir nada que no sea el bien” (Comentario a la Primera Carta de San Juan, cap. IV, 7,8: PL 35). Y el Papa sintetiza: “Quien se deja conducir por el amor, quien vive la caridad plenamente, es Dios quien lo guía, porque Dios es amor”.

      Es esta una enseñanza clave para los cristianos. Y sin embargo, todavía nos preguntamos si seremos capaces de llegar tan alto. Pues bien, “la Iglesia, durante el Año Litúrgico, nos invita a recordar a una serie de santos que han vivido plenamente la caridad, han sabido amar y seguir a Cristo en su vida cotidiana”. Esto ha sucedido en todas las épocas y lugares, y los santos son muy distintos entre sí, pertenecen a todas las edades y estados de vida. Todos ellos son “señales en el camino”. No sólo los “grandes santos”, los más conocidos. “También –dice Benedicto XVI– los santos sencillos, es decir, las personas buenas que veo en mi vida, que nunca serán canonizados. Son personas normales, por decirlo así, sin un heroísmo visible, pero que en su bondad de todos los días veo la verdad de la fe. Esta bondad, que han madurado en la fe de la Iglesia, es para mi la apología más segura del cristianismo y la señal que indica dónde esta la verdad”.

      He aquí la grandeza, la belleza, y también la santidad de la vocación cristiana, que consiste en responder cada uno a los dones y gracias recibidos, también en la vida ordinaria.

      “No tengamos miedo –concluye el Papa– de mirar hacia lo alto, hacia las alturas de Dios; no tengamos miedo de que Dios nos pida demasiado, sino dejémonos guiar por su Palabra en todas las acciones cotidianas, aunque nos sintamos pobres, inadecuados, pecadores: Él será quien nos transforme según su amor”.

      Al final y también cada día, el amor es lo único importante. Y esto, en el lenguaje cristiano, significa: la Misa del domingo, la oración de cada día, cumplir los mandamientos. La santidad es una vocación alta, pero asequible para todos. ¡Qué necesario es proclamar esto a los cuatro vientos con el pobre esfuerzo personal por intentarlo! Y qué espléndida síntesis para dos años de catequesis bajo la mirada y el ejemplo de los santos. 

(publicado en www.religionconfidencial.com, 18-IV-2011) 

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martes, 12 de abril de 2011

El valor educativo de la Confesión

 Juan Pablo II, confesando
Sin duda por la situación actual de “emergencia (urgencia) educativa”, Benedicto XVI ha querido señalar el valor pedagógico de la Confesión sacramental. Lo hizo en una alocución a los participantes en un curso promovido por la Penitenciaría Apostólica (25-III-2011). Citó varios ejemplos de confesores (San Juan María Vianney, San Juan Bosco, San Josemaría Escrivá, San Pío de Pietralcina, San Giuseppe Cafasso y San Leopoldo Mandić) como testigos de la misericordia divina, que se manifiesta siempre en ese encuentro personal con Jesucristo que es el sacramento de la Confesión. 

      Cabe recordar que el Sacramento de la Penitencia o de la Reconciliación, o sencillamente “la Confesión”, es uno de los sacramentos “de curación”, pues lo mismo que la vida humana puede enfermar, esto sucede también con la vida espiritual. Impulsado por Juan Pablo II, el VI Sínodo de los Obispos se ocupó de “La Reconciliación y la Penitencia en la misión de la Iglesia (1983). Le siguió una magnífica exhortación sobre el mismo tema. En ella se analizaba la pérdida del “sentido del pecado” en nuestro tiempo. Los principales medios para la formación en este ámbito son la educación en la fe con su fundamento bíblico (ver al respecto la Exhortación Verbum Domini, 30-IX-2010), la formación de la conciencia de los fieles y una praxis de los sacramentos atenta y renovada. 

      Todo ello se ofrece en nuestros días como un redescubrimiento para los cristianos y un motivo de interés para muchas otras personas.


Valor pedagógico para el sacerdote

      Vengamos ya al reciente discurso de Benedicto XVI. La Confesión tiene un gran valor pedagógico, primero para el sacerdote, hasta el punto de que el confesonario “puede ser un ‘lugar’ real de santificación”. De la administración del Sacramento de la Penitencia el sacerdote puede extraer lecciones de fe, de humildad y también sobre la conciencia de su propia identidad. 

      Primero, el sacerdote refuerza su propia fe, al contemplar la “profesión de fe” que supone el hecho de confesarse. El confesor tiene la oportunidad de “palpar los efectos salvadores de la cruz y de la resurrección de Cristo, en todo tiempo y para todo hombre”. Con frecuencia se encuentra “ante auténticos dramas existenciales y espirituales, que no hallan respuesta en las palabras de los hombres, pero que son abrazados y asumidos por el Amor divino, que perdona y transforma”. Es verdad que conocer los aspectos oscuros del corazón del hombre puede poner a prueba su humanidad y su fe. Pero esto, de otro lado, “alimenta en él la certeza de que la última palabra sobre el mal del hombre y de la historia es de Dios, es de su misericordia, capaz de hacerlo nuevo todo”.

      Exclama el Papa: “¡Cuánto puede aprender el sacerdote de penitentes ejemplares por su vida espiritual, por la seriedad con que hacen el examen de conciencia, por la transparencia con que reconocen su pecado y por la docilidad a la enseñanza de la Iglesia y a las indicaciones del confesor!”. Un valor pedagógico que se extiende también a “la verdad y pobreza de su persona, y alimenta en él la conciencia de la identidad sacramental”. Y es que el sacerdote no escucha a sus hermanos únicamente como hombre: “Si se acercan a nosotros es sólo porque somos sacerdotes, configurados con Cristo sumo y eterno Sacerdote, y hemos sido capacitados para actuar en su nombre y en su persona, para hacer realmente presente a Dios que perdona, renueva y transforma”.

Valor pedagógico para los penitentes

      ¿Y cuál es el valor pedagógico de este sacramentos para los penitentes? Se trata ahora de lecciones sobre la acción de Dios y su bondad, la propia libertad y fragilidad, la necesidad de formar la conciencia, y los modos, concretos y personales, de crecer en la fe, la esperanza y el amor.

      Todo ello depende ante todo de la acción de la Gracia y de los efectos objetivos del sacramento. En la confesión se expresa particularmente la libertad personal y la conciencia. Por eso, “el examen de conciencia tiene un valor pedagógico importante: educa a mirar con sinceridad la propia existencia, a confrontarla con la verdad del Evangelio y a valorarla con parámetros no sólo humanos, sino también tomados de la Revelación divina. La confrontación con los Mandamientos, con las Bienaventuranzas y, sobre todo, con el Mandamiento del amor, constituye la primera gran ‘escuela penitencial’”.

      A continuación, “en nuestro tiempo, caracterizado por el ruido, por la distracción y por la soledad, el coloquio del penitente con el confesor puede representar una de las pocas ocasiones, por no decir la única, para ser escuchados de verdad y en profundidad”. Benedicto XVI anima a los sacerdotes a dedicar tiempo a este ministerio porque “ser acogidos y escuchados constituye también un signo humano de la acogida y de la bondad de Dios hacia sus hijos”. Junto con esto, “la confesión íntegra de los pecados educa al penitente en la humildad, en el reconocimiento de su propia fragilidad y, a la vez, en la conciencia de la necesidad del perdón de Dios y en la confianza en que la Gracia divina puede transformar la vida”. 

      Asimismo “la escucha de las amonestaciones y de los consejos del confesor es importante para el juicio sobre los actos, para el camino espiritual y para la curación interior del penitente”. Y añade el Papa: “No olvidemos cuántas conversiones y cuántas existencias realmente santas han comenzado en un confesonario”.
Por último, “la acogida de la penitencia”, que prescribe el sacerdote, “y la escucha de las palabras ‘Yo te absuelvo de tus pecados’ representan una verdadera escuela de amor y de esperanza, que guía a la plena confianza en el Dios Amor revelado en Jesucristo, a la responsabilidad y al compromiso de la conversión continua”.

      Al final el Papa da a los sacerdotes un consejo de oro, pues la experiencia personal como penitente es también una gran escuela: cuidar la propia confesión, también para aprender a confesar cada vez mejor, al servicio de Dios y de las personas. 

(publicado en www.cope.es, 11-IV-2011)

domingo, 10 de abril de 2011

Tener corazón

Marc Chagall, El mensaje de Ulises (1967-1968)


Según el diccionario, tener corazón equivale a tener ánimo, valor y temple, capacidad de compasión y franqueza, disposición a la magnanimidad, sensibilidad, generosidad. Podría resumirse: capacidad de manifestar el amor.

     Pues bien, donde más se manifiesta el amor y el poder del amor de Dios es en la Cruz. Lo subrayó Benedicto XVI en la conmemoración de los 150 años de las apariciones de Lourdes. Y si es verdad que “amor con amor se paga”, conviene plantearse cómo educar –comenzando por uno mismo– esa
respuesta del amor, que implica de modo central los sentimientos y los afectos.

Animar a la política




¿Qué idea tienen los ciudadanos, especialmente los jóvenes, de la política? La impresión de que la política es un dominio de la corrupción ¿no ha provocado en ellos un desinterés casi generalizado? ¿No se ve la política como una tarea que oscila entre la mera búsqueda del poder, de los “votos”, y la navegación en el mar de las tensiones y los particularismos, y que termina por agotar las energías de cualquiera?

      Y sin embargo no cabe, especialmente para los cristianos, desentenderse de la política. Lo subrayaba una vez más Benedicto XVI pronto hará un año (el 21 de mayo de 2010), ante el Pontificio Consejo para los Laicos.

      Los fieles laicos son Iglesia en el mundo, haciendo el mundo. Contribuyen al progreso y al desarrollo cultural y social de los pueblos con su competencia profesional, su vida familiar, sus relaciones de amistad y de cultura, etc. Su vida misma se convierte en expresión de fe, en ofrenda agradable a Dios y en servicio a todas las personas.

      Esto es posible porque los fieles laicos, como todos los cristianos desde el bautismo, participan del sacerdocio de Cristo bajo la modalidad del “sacerdocio común”. Todos los cristianos –en palabras de Benedicto XVI– están llamados a “ser testigos de Cristo en su vida diaria, en todas sus actividades y ambientes”.

      A los laicos –añadía– les corresponde “mostrar concretamente en la vida personal y familiar, en la vida social, cultural y política, que la fe permite leer de una forma nueva y profunda la realidad y transformarla; que la esperanza cristiana ensancha el horizonte limitado del hombre y lo proyecta hacia la verdadera altura de su ser, hacia Dios; que la caridad en la verdad es la fuerza más eficaz capaz de cambiar el mundo”. Esto es, han de mostrar cómo las virtudes teologales pueden transformar la vida personal y la vida del mundo.

      De este modo testimoniarán “garantía de libertad y mensaje de liberación; que los principios fundamentales de la doctrina social de la Iglesia, como la dignidad de la persona humana, la subsidiariedad y la solidaridad, son de gran actualidad y valor para la promoción de nuevas vías de desarrollo al servicio de todo el hombre y de todos los hombres”.

      Todo un programa para la misión de los laicos. En concreto lo realizan al “participar activamente en la vida política de modo siempre coherente con las enseñanzas de la Iglesia” y con un ideal de servicio al bien común: “compartiendo razones bien fundadas y grandes ideales en la dialéctica democrática y en la búsqueda de un amplio consenso con todos aquellos a quienes importa la defensa de la vida y de la libertad, la custodia de la verdad y del bien de la familia, la solidaridad con los necesitados y la búsqueda necesaria del bien común”.

      Pero no lo lograrán sin seguir de cerca la clara orientación de Benedicto XVI: “Los cristianos no buscan la hegemonía política o cultural”. Para el cristiano la política es un servicio, un ejercicio de caridad o de amor. Para hacer posible que los cristianos –hombres y mujeres– de hoy y de mañana se comprometan con esta tarea, se requiere que las comunidades cristianas sean ante todo escuelas de identidad cristiana, de testimonio y de servicio al bien común (¿lo son, comenzando por las familias?). Esto hará que “la inteligencia de la fe” se convierta en “inteligencia de la realidad, clave de juicio y de transformación”.

      Sólo así habrá cristianos con una “auténtica sabiduría política”, necesaria para afrontar el ambiente actual, que Benedicto XVI caracteriza como impregnado por el relativismo cultural y el individualismo utilitarista y hedonista.

      Esa sabiduría política se distingue por la competencia profesional y la apertura a la verdad y al diálogo: “ser exigentes en lo que se refiere a la propia competencia; servirse críticamente de las investigaciones de las ciencias humanas; afrontar la realidad en todos sus aspectos, yendo más allá de cualquier reduccionismo ideológico o pretensión utópica; mostrarse abiertos a todo verdadero diálogo y colaboración, teniendo presente que la política es también un complejo arte de equilibrio entre ideales e intereses”. En línea con su primera encíclica –de la que todo esto es un desarrollo–, el Papa convoca, también desde la política, a una verdadera “revolución del amor”.

      Es la hora de trabajar por esta revolución. La Iglesia no está para servirse a sí misma sino al mundo. Los sacerdotes están para servir a los fieles y éstos a todas las personas. No se trata –acabamos de leer– de buscar un triunfo político o cultural por sí mismo, el triunfo de los cristianos frente al resto. Se trata de coherencia.

      Por tanto, cabe preguntarse: la formación que se imparte en las comunidades cristianas ¿está de acuerdo, efectivamente, con la enseñanza de la Iglesia, tanto en los aspectos de la fe como en la moral? ¿Se enseña a los fieles que la fe incide en el contexto social y lleva a la preocupación por los más débiles? ¿Está la Doctrina social de la Iglesia en la primera línea, como consecuencia de la oración y de la participación en los sacramentos? ¿Se presentan, sobre todo a los jóvenes, ideales altos de santidad y apostolado, y al mismo tiempo se cultiva en ellos la sensibilidad por las tareas sociales, culturales y políticas, que son oportunidades para servir?





(Una primera versión de este texto se publicó en www.cope.es, 27-V-2010)


* * *


En 1970 Bob Dylan compuso varias canciones del género “Gospel”, entre otras Gotta Serve Somebody. Aunque puede considerarse un tanto radical, en cierto sentido tiene razón. “Dos amores hicieron dos ciudades”, decía San Agustín: el amor a Dios (que desemboca en la preocupación por los demás) y el amor a uno mismo (que lleva al odio, a la destrucción y a ponerse al servicio del “padre de las mentiras”). Y todos, incluidos los que se dedican a la vida pública y política, nos situamos en uno u otro bando… De manera que se nos puede preguntar: tú, ¿a quien sirves?


* * * 


Bob Dylan, Gotta Serve Somebody

(Tendrás que servir a alguien)



Quizás seas un embajador en Inglaterra o Francia,
puede que te guste jugar, o quizá bailar
tal vez seas el campeón de peso pesado del mundo
o alguien socialmente importante, con un largo colgante de perlas.

Pero vas a tener que servir a alguien, sí
vas a tener que servir a alguien,
puede ser el diablo o puede ser el Señor,
pero vas a tener que servir a alguien. 

Quizá seas un adicto al rock 'n' roll que hace cabriolas en el escenario,
tal vez tengas dinero y drogas a tu disposición, mujeres encerradas,
tal vez seas un hombre de negocios o un ladrón de alto nivel,
quizá te llamen “doctor” o quizá “jefe”.

Pero vas a tener que servir a alguien, sí...

Es posible que seas un policía estatal, o un joven turco,
  o quizá presidas algún gran canal de televisión,
tal vez seas rico o pobre, ciego o cojo,
  o estés viviendo en otro país con otro nombre.

Pero vas a tener que servir a alguien, sí…

Quizá seas un trabajador de la construcción que trabaja en una casa,
o quizá estés viviendo en una mansión, o tal vez en una cúpula,
tal vez poseas puede armas de fuego o incluso propios tanques,
puede que alquiles casas o tengas bancos propios.

Pero vas a tener que servir a alguien, sí…

Puede que seas un predicador con tu orgullo espiritual,
  oquizá un concejal de la ciudad que acepta sobornos,
tal vez estés trabajando en una peluquería, y sepas cómo cortar el cabello,
  o seas amante de alguien, o heredero de alguien.

Pero vas a tener que servir a alguien, sí…

Quizá te guste usar algodón, o más bien seda,
puede que te guste beber whisky, o tomar leche,
es posible que te guste el caviar, o comer pan,
tal vez estés durmiendo en el suelo, o en una enorme cama.

Pero vas a tener que servir a alguien, sí…

Quizá me llames Terry, o Jimmy,
puede que me llames Bobby, o Zimmy,
tal vez me llames RJ, o Ray,
puedes llamarme de otro modo, no importa lo que digas.

Pero vas a tener que servir a alguien, sí…  

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