miércoles, 29 de diciembre de 2010

Luz de las gentes, familia de Dios

Cristo es la luz de las gentes que, desde los cristianos y sus familias, quiere llenar de amor el mundo y las familias del mundo. Así puede verse, en nuestro tiempo, el sentido de la Navidad.
            La luz de la Navidad significa que Dios ha querido compartir nuestra historia, nuestro mundo y nuestra vida, para que todo lo nuestro se introduzca en la vida de Dios mismo. La luz de Cristo es la gracia que nos da la vida verdadera y nos la hace conocer “visiblemente”. Meditando en la encarnación del Verbo, dirá San Juan: “Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos” –atención ahora– “para que también vosotros estéis en comunión con nosotros” (1 Jn, 1, 3). Podría haber dicho: para que formemos una sola familia, la familia de Dios.
            Lo pintó con mimo y detalle un artista holandés de la escuela flamenca, Geertgen tot Sint Jans, a principios del renacimiento, en su cuadro “Nacimiento de Cristo” (c. 1490, National Gallery, de Londres).

            La fuente de la luz es el mismo Niño desde el pesebre. La luz inunda el rostro de la madre que le contempla a sus pies, en actitud adorante. Ilumina asimismo al conjunto de ángeles que rezan a la cabecera del recién nacido. San José, el buey y la mula, permanecen en segundo plano, sugeridos en la penumbra, su mirada fija en Jesús. En lontananza, otro ángel anuncia a los pastores la noticia de la Noche Santa, que supera con su luz la del pequeño fuego en el que se calentaban.
        En su mensaje de Navidad, ha explicado el Papa que la nueva familia de Dios –la Iglesia– “comienza su camino en la gruta pobre de Belén, y a través de los siglos se convierte en Pueblo y fuente de luz para la humanidad”. Y añadía: “También hoy, por medio de quienes van al encuentro del Niño Jesús, Dios sigue encendiendo fuegos en la noche del mundo, para llamar a los hombres a que reconozcan en Él el ‘signo’ de su presencia salvadora y liberadora, extendiendo el ‘nosotros’ de los creyentes en Cristo a toda la humanidad”. Como María, la Iglesia ofrece al mundo a Jesús, sin miedo. “No se lo guarda para sí”.
            A este propósito cabe recordar el título que el Concilio Vaticano II quiso dar a la Constitución sobre la Iglesia: “Luz de las gentes”. Y el texto comienza precisamente: “Por ser Cristo la luz de las gentes…”.  La Iglesia refleja la luz de Cristo. Y Él quiere llenarlo todo con su luz, que es el amor de Dios, al mundo; y lo hace por medio de esta familia de Dios que son los cristianos; también, y particularmente, desde sus familias.
            Por eso los cristianos, y las gentes de buena voluntad, “hacemos familia”, celebramos la familia, defendemos la familia. Y esto, en el silencio de los días corrientes, y, cuando conviene, también en la calle y en la vida pública, porque la familia es semilla y escuela de sociedad. Antes que nada, procuramos que Dios esté en el centro de nuestras familias. Como consecuencia, nuestras casas deberían estar abiertas a otras familias y a los que carecen de familia.
         Los cristianos transmitimos la fe dentro de la familia y desde ella, con detalles concretos de oración, con la vida de los sacramentos, con el servicio a los demás. Presentamos a la familia como semilla y modelo de sociedad, sobre todo en estos tiempos de crisis, y procuramos ayudar a los que lo necesiten, para que todos puedan continuar adelante con confianza en Dios. “¡Qué importante es, entonces, que todo niño que viene al mundo, sea acogido en el calor de una familia!... De esto tienen necesidad los niños: del amor del padre y de la madre” (Angelus, 26-XII-2010).
        Especialmente durante el tiempo de Navidad podemos unir nuestra oración a la del Papa: “Pidámosle: Señor Jesús, tú que has querido nacer como el primero de muchos hermanos, danos la verdadera fraternidad. Ayúdanos para que nos parezcamos a ti. Ayúdanos a reconocer tu rostro en el otro que me necesita, en los que sufren o están desamparados, en todos los hombres, y a vivir junto a ti como hermanos y hermanas, para convertirnos en una familia, tu familia” (Homilía en Nochebuena, 24-XII-10).
 
(publicado en www.religionconfidencial.com, 29-XII-2010)

martes, 21 de diciembre de 2010

Navidad: dejar que se hagan realidad los sueños

En el primer volumen de su obra “la Belleza en la Palabra” (San Paolo, 2007), Timothy Verdon comenta –entre muchos– un cuadro de Georges de la Tour (discípulo de Caravaggio): “Sueño de San José”. Pintado alrededor de 1640, se encuentra hoy en el museo  de Bellas Artes de Nantes.

(http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/8/8d/Georges_de_La_Tour_022.jpg)

     La edad avanzada de José suele ser un recurso piadoso para excluir la paternidad física de Jesús, pero aquí representa además la historia de la salvación, que hace del Mesías un “hijo de David”, en el que confluyen las esperanzas de Israel. Por último, el nombre de José evoca aquél otro José, hijo de Jacob, a quien sus hermanos llamaban el “soñador” (también él mismo intérprete de sueños, Gn. 37 y 40). Nuestro anciano se hace, pues, exponente de una antigua tradición. Se apoya sobre su mano derecha, el codo doblado sobre la mesa, mientras que con la izquierda sostiene la Biblia en sus rodillas. Lo alumbra suavemente una candela.

     La candela puede verse como la acción del Espíritu Santo que inspiró las Escrituras y ahora ilumina el corazón de José. El carpintero de Nazaret no sólo “pensaba” en qué debía hacer respecto a María, sino que –como se ve aquí– escrutaba los textos sagrados, y así lo sugiere el Evangelio del día: “Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que dijo el Señor…” (Mt 1, 22s). No en vano el ángel le dice: “le pondrás por nombre Jesús” (es decir, salvador), lo que para un judío significa: tú serás conocido como su padre.

     Ante José está el ángel, cuyo rostro queda poderosamente iluminado desde el mismo foco. Su mano izquierda tiene la palma hacia arriba, como indicando: “Levántate…”. El brazo derecho se extiende tapando en parte la luz y alargando su mano hasta casi aferrar la muñeca de José, sobre la que se apoya su sueño. La voluntad de Dios, que el ángel viene a comunicarle no está, en efecto, solo en las Escrituras, sino también ahora, en esta llamada directa que “toca” a José y le parece decir: “Fíate de Dios y haz lo que te digo”. Así lo hizo José inmediatamente (Mc 1 , 24), convirtiéndose en figura de la “obediencia de la fe”, de que habla San Pablo.

     Y todo ello nos reenvía a uno de los textos con que la liturgia abre el Adviento: “Ya es hora de que despertéis del sueño… La noche está avanzada, el día está cerca” (Rm 13, 12). Se acerca el día de Cristo, luz del mundo.

     La Navidad es la luz que puede hacernos salir de nuestro sueño, para hacer lo que Dios “quiere necesitar” de nosotros, con el fin de ayudar a los demás. Por eso son muy adecuados los “gestos” del Papa durante la Navidad: acoger a Jesús en la persona de los niños y enfermos, los pobres y “sin techo”.

     Si todos los cristianos hiciéramos esto –lo que se puede realizar de modos diversos–, mostraríamos que es verdad lo que nuestra fe afirma: que la Navidad es presente, se da de nuevo en el mundo. Que recibir a Dios se traduce necesariamente en recibir a los demás.

     El sueño de José puede hacerse realidad también hoy. Dejar nacer a Dios, de una manera completa, realista y concreta, en nuestra vida. Así podemos colaborar con los “sueños” de Dios, que anteceden, inspiran, cumplen y superan siempre nuestros mejores sueños.

     Lo ha dicho Benedicto XVI a los representantes de Tirol del Sur, que regalaron el árbol de Navidad para la plaza de San Pedro (17-XII-2010): “El árbol de Navidad enriquece el valor simbólico del belén, que es un mensaje de fraternidad y de amistad; una invitación a la unidad y a la paz; una invitación a dejar sitio, en nuestra vida y en la sociedad, a Dios, el cual nos ofrece su amor omnipotente a través de la frágil figura de un Niño, porque quiere que respondamos libremente a su amor con nuestro amor”.

(publicado en www.cope.es, 21-XII-2010)

Nueva evangelización

           “La Iglesia tiene el deber de anunciar siempre y en todas partes el Evangelio de Jesucristo”. Así comienza el documento con el que se constituye el Consejo Pontificio para la promoción de la Nueva Evangelización (Ubicumque et semper).
            En la apertura del Concilio Vaticano II, el 11 de octubre de 1962, Juan XXIII señalaba que el “depósito de la fe” (lo que suele llamarse la doctrina cristiana) es, en su sustancia, siempre el mismo; y ese mismo depósito cambia en la “manera de formular su expresión” según los tiempos y lugares. Así ese depósito de la fe puede ser “custodiado y enseñado en forma cada vez más eficaz”. Es lo que ahora se indica diciendo que se trata de anunciar y proclamar la belleza del Evangelio “siempre y en todas partes”, con palabras que dan el título al documento. Dos afirmaciones, pues, son aquí importantes, en paralelo con la finalidad que se proponía el Concilio.
            En primer lugar, dice Benedicto XVI que “la misión evangelizadora, continuación de la obra querida por el Señor Jesús, es para la Iglesia necesaria e insustituible, expresión de su misma naturaleza”. En efecto, la palabra Iglesia quiere decir con-vocación, llamada de muchos a formar la familia de Dios. Para eso existe la Iglesia. Durante la historia, su esencia se identifica con su misión. Ella es, en palabras del Concilio Vaticano II, un “Pueblo mesiánico” (Lumen gentium, 9), porque en ella vive el “Mesías” (Cristo, el ungido por el Espíritu de Dios), esperado y prometido. Y por tanto, ella es también ungida y enviada a toda la tierra para comunicar y entregar la Buena Noticia que el Dios vivo y trino ha querido manifestar por Cristo y en Cristo: que Dios es amor; que sólo el amor crea y vivifica, une y salva; que su doctrina no es letra muerta, pura teoría o ley externa al corazón humano, sino que es vida: más aún, la vida plena y auténtica que cada persona y la humanidad en su conjunto anhelan desde el principio del mundo.
            En segundo lugar, “esta misión (de la Iglesia) ha asumido en la historia formas y modalidades siempre nuevas según los tiempos, las situaciones y los momentos históricos”. Nuestra época es testigo de “gigantescos progresos” e “innegables beneficios”, junto con el “alejamiento de la fe” e incluso una “preocupante pérdida del sentido de lo sagrado” que pone en duda los fundamentos trascendentes de la existencia humana.
            En consecuencia, se propone una tarea que ya Juan Pablo II había denominado “nueva evangelización”, dirigida especialmente a los bautizados que no viven su fe o no la conocen, y también a otros que desean profundizar en ella. Una tarea con especial referencia al “Primer mundo”, el mundo del bienestar y el consumismo, enfermo de indiferentismo y secularismo, cuando no afectado gravemente por el ateísmo. Se trata de territorios en muchos casos tradicionalmente cristianos, que hoy requieren “un renovado empuje misionero, expresión de una generosa apertura al don de la gracia”.
            Atención, porque no se trata de un problema social o cultural, un problema de estructuras y estrategias organizativas y exteriores. Es una cuestión más central, que afecta al corazón de cada uno, a su relación con Dios. Y es que la misión se fundamenta siempre, de modo vivo, en la propia identidad de la Iglesia y de los cristianos. De ahí que para ellos, la nueva evangelización, “si bien se refiere directamente a su forma de relacionarse hacia el exterior, presupone sin embargo ante todo una constante renovación interior”.
            Se requiere, ciertamente, recomponer el entramado cristiano de las comunidades cristianas; pero “no podemos olvidar que la primera tarea será la de hacerse dóciles a la obra gratuita del Espíritu del Resucitado, que acompaña a cuantos son portadores del Evangelio, y que abre el corazón de quienes escuchan. Para proclamar de forma fecunda la Palabra del Evangelio, es necesario ante todo que se haga una profunda experiencia de Dios”.
            Por eso, tampoco estamos ante lo que, con ojos demasiado humanos, podría interpretarse como un intento de una nueva expansión o restauración de una influencia cultural perdida. No. “En la raíz de toda evangelización no hay un proyecto humano de expansión, sino el deseo de compartir el don inestimable que Dios ha querido hacernos, haciéndonos partícipes de su misma vida”.
            Nueva evangelización significa, en resumen, renovación interior, experiencia de Dios, redescubrimiento de la belleza del Evangelio, nuevo impulso que vivifique todas las realidades temporales (las familias y los trabajos, las culturas y las leyes, las transformaciones sociales, los avances científicos y tecnológicos), con lo que San Josemaría Escrivá llamaba “la esperanza de Cristo” (Surco, 293).
             Se trata –en definitiva– de ser fieles, de modo renovado y creativo, a la propia identidad y misión. El cristiano es seguidor de Cristo, que significa ungido por el Espíritu Santo, es decir, por el amor personal de Dios. A la jerarquía de la Iglesia y su magisterio le corresponde orientar e impulsar una nueva evangelización. Pero esa tarea es propia de todos los cristianos, aquí y en todas partes, ahora y siempre, convocados a ser evangelizadores, con su vida y su palabra. 


(publicado en www.religionconfidencial.com, 13-X-2010)




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